Todos tenemos algo a lo que nos aferramos a pesar del dolor que nos provoca. Descubre por qué nos cuesta tanto soltar y cómo aprender a dejar ir paso a paso.
Te voy a contar una historia:
Un viajero caminaba por la orilla de un río caudaloso. Cuando tuvo que cruzar al otro lado, sintió miedo, así que decidió aferrarse a una gran piedra que encontró en el suelo convencido de que así estaría más seguro.
Con todas sus fuerzas se metió en el agua abrazando la roca contra su pecho. Al principio sintió estabilidad, pero pronto la corriente lo arrastró hacia el fondo. Cuanto más apretaba la piedra, más se hundía. El miedo le gritaba: —"¡Si sueltas, te ahogarás!"— y, sin embargo, el agua le estaba llenando los pulmones.
En el momento de mayor intensidad comprendió que no era la corriente lo que lo ahogaba, sino su propio aferramiento. Con el último aliento, abrió las manos y soltó la piedra.
En ese preciso momento, su cuerpo comenzó a subir a la superficie. El río lo sostuvo y lo llevó flotando hacia la otra orilla.
«Cuando dejo ir lo que soy, me convierto en lo que podría ser». (Lao Tsé)
Una pareja o una amistad que te hace daño, un plan de vida que piensas que ya deberías haber alcanzado (como tener una casa, una familia, éxito profesional, etc.), una imagen idealizada de cómo deberías ser tú, algún objeto acumulado que no puedes soltar pero que te duele ver, un trabajo que te hace infeliz, un pensamiento de culpa acerca de un error que cometiste en el pasado…
Todos tenemos algo a lo que nos aferramos a pesar del dolor que nos pueda provocar. ¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué nos cuesta tanto soltar? ¿Cómo hacemos para dejar ir? Esto y mucho más lo vemos en la presente publicación. ¡Vamos allá!
Por qué nos cuesta tanto soltar
Simple y llanamente porque va en contra de nuestra naturaleza. Venimos biológicamente programados para aferrarnos con la intención de sobrevivir. Esto se conoce como apego.
Puesto que somos seres sociales hechos para relacionarnos con los demás (la unión hace la fuerza), desde bebés venimos preparados para aferrarnos. Primero lo hacemos con nuestra madre o figura de apego, y luego con otras personas, rutinas y objetos. Por ejemplo, nos aferramos a una pareja, a un amigo, a un objeto preciado… ¿Qué nos proporciona ese ? Seguridad, el apego nos da . Nuestros cerebros liberan unas sustancias que nos hacen sentir calma cuando estamos con nuestro objeto de apego.
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En un mundo como en el que vivimos, un mundo lleno de peligros, la incertidumbre nos da miedo, es lógico. El cerebro humano busca lo previsible y lo familiar, precisamente para reducir la probabilidad de que algo, para lo que no estábamos preparados, se nos cruce en el camino y amenace nuestra integridad. Es decir, vamos a lo seguro, buscamos lo conocido para evitar posibles contratiempos.
Más vale malo conocido…
Hay algo con lo que nuestro cerebro no cuenta: lo conocido, lo familiar, no siempre es lo mejor para nosotros. A veces lo familiar nos duele: relaciones de pareja dependientes o tóxicas, la ropa en el armario de un ser querido que ha muerto y que no queremos guardar o tirar, pero que siempre que la vemos colgada en el armario, nos deprimimos…
Aquello a lo que nos aferramos nos puede dar sensación de seguridad, pero a la vez también nos puede estar haciendo mucho daño. Se trata de objetos, personas o situaciones que en su momento nos dieron seguridad pero que, ahora, no cumplen con esa función y, por tanto, es el momento de dejar ir.
Soltar es entrar en terreno incierto y el miedo nos dice: «mejor quédate con lo que tienes, aunque te duela». Recuerda que el cerebro busca seguridad para minimizar la probabilidad de que alguna amenaza inesperada se cruce en nuestro camino.
La huella de la seguridad
Cuando algo nos dio placer, amor o seguridad en el pasado, el cerebro guarda esa agradable sensación para tenerla en cuenta en una próxima situación similar. Es decir, aquello que nos hace sentir seguros deja una huella en nuestro cerebro. La persona, objeto o situación, que a partir de ahora voy a llamar «estímulo», provocó en nosotros una respuesta agradable, lo que el cerebro traduce en una «recompensa», algo positivo que refuerza nuestra conducta.
Dejando los tecnicismos de lado: cuando algo nos hace sentir bien, tendemos a querer experimentarlo otra vez para volver a sentir esa sensación agradable, en este caso, esa sensación de seguridad. Es por esto que nos cuesta tanto trabajo dejar ir, porque hay una parte de nosotros que sigue buscando esa dosis de seguridad.
Si a todo lo anterior añadimos pensamientos catastróficos como «renunciar a esto ahora es fracasar» o «yo, sin esta persona, no soy nadie», complicaremos mucho más el proceso de soltar.
Hay un sesgo cognitivo conocido como la «falacia del costo irrecuperable» que nos nubla la lógica mental y nos impide soltar aquello que, de hecho, ya está perdido. Por ejemplo, cuando pagas un curso que te aburre y decides terminarlo por no perder el dinero. El dinero ya está invertido, hagas el curso o no, no lo recuperarás. Si asistes al curso y te aburres, no atiendes, no aprendes…, en realidad también estás perdiendo tu tiempo. Lo único que has conseguido es aburrirte al extremo y perder tiempo.
Estos pensamiento automáticos y erróneos, esas falacias, como la que acabo de explicarte, también nos bloquean a la hora de soltar.
Si el apego es bueno, ¿por qué aferrarme duele?
Esta es una duda muy común: si el apego es necesario para nuestra supervivencia, ¿por qué, a su vez, nos hace daño? Como todo en esta vida: equilibrio.
Ciertamente, nuestra parte más instintiva nos mueve a aferrarnos para sobrevivir, pero un apego excesivo nos lleva a la dependencia; y el problema de la dependencia es que nos mantiene rígidos y estáticos. Sin embargo, la vida no es rígida ni estática, hay cambio y los cambios nos obligan a adaptarnos, es decir, a soltar lo viejo para recibir lo nuevo.
Mi parte más instintiva me pide que me aferre; entonces, para poder soltar debo inmiscuir en la partida a mi parte más racional. Es decir, nuestra parte racional debe entrar en juego para recordarnos que esto a lo que me estoy aferrando, solo me causa mayor dolor, antes me ayudó, sí, pero ya no y hay que dejarlo ir.
¿Qué hacemos con el dolor que causa el dejar ir? Pues, querido/a, solo nos queda transitarlo, no hay otra. Pero no estás solo/a en esto. Vamos a adentrarnos en un nivel más profundo.
Cómo funciona el proceso de aferrarse
Para aprender a soltar antes hay que conocer cómo funciona el proceso de aferrarse. Ya sabes por qué lo hacemos, por qué nos cuesta tanto soltar, por qué nos duele… Ahora: ¿qué sucede en el cerebro cuando nos aferramos a algo? Te lo explico con un ejemplo:
Una mujer, vamos a llamarla Diana, tenía una fuerte conexión con su pareja, que muere en un accidente. Desde entonces, la mujer no ha podido deshacerse de la ropa que éste tenía en su armario. Obviamente la ropa lleva su olor, trae recuerdos…, es la vía más directa de evocación de la sensación de seguridad que Diana recibía de su marido cuando estaba en vida. Mantener recuerdos de un ser querido es bueno, el problema aquí es que Diana se deprime cada vez que ve la ropa del marido colgada en el armario, y no son pocas las veces.
Cómo ha llegado Diana a desarrollar esta dependencia con la ropa del esposo:
Contacto con el estímulo positivo: tras perder a su marido, cuando Diana se acercaba al armario para sacar ropa, notaba el olor, veía las prendas, se acordaba de su marido y sentía como si aún estuviera ahí con ella. Se sentía bien. Entonces se crea una conexión en el cerebro: ropa = sensación agradable.
Refuerzo de la conexión cerebral: cada mañana repetía la misma acción, es decir, iba a coger ropa y se acercaba a la sección de su pareja a tocar y oler su ropa. Con la repetición de ese patrón, la conexión entre la ropa y la sensación agradable se iba haciendo más fuerte, es decir, la conexión cerebral se va afianzando.
Apego y búsqueda del estímulo como fuente de seguridad: al cabo de un tiempo Diana se volvió dependiente de esa ropa, de esa sensación de seguridad que le proporcionaba, pero, sin embargo, a la vez se acordaba de que su marido no estaba ahí con ella y la ropa también empieza a ser una fuente de dolor.
¿Qué debe hacer Diana ahora? Ella debe dejar ir la ropa de su marido para poder avanzar y terminar con esa ambivalencia emocional en la que está sumida.
Soltar duele porque supone un cambio, supone salir de la zona de confort, supone resistirse a nuestros aprendizajes y hábitos. Dejar ir es como soltar también una parte de nosotros, de lo que somos. Es decir, el dolor es la respuesta esperable cuando soltamos algo que nos dio seguridad. A partir de ahora solo podemos tomar aire y lanzarnos a la piscina. Al principio el agua parecerá fría pero luego nos haremos a la temperatura. Confía en mí.
Cómo aprender a soltar
Como acabamos de ver, cuando nos aferramos a algo, se crean conexiones neuronales fuertes que debemos debilitar. Este proceso de debilitamiento es el acto de soltar, el cual no es una única acción sino un proceso, pues debilitar las conexiones neuronales no suele ser algo que se pueda hacer automáticamente, al menos no, sin causar un trauma.
Entonces, ¿qué tengo que hacer para aprender a soltar? ¿Sabes lo que es la plasticidad neuronal o sináptica? Es la capacidad del cerebro de reorganizarse, de cambiar, de aprender cosas nuevas. Vamos a aprovecharnos de esta capacidad para aprender a soltar.
Reconoce y acepta
Me atrevería a decir que en todo proceso psicológico, el primer paso es el «darse cuenta», el ser consciente, en este caso, de que nos estamos aferrando a algo de forma insana y que, por consiguiente, me está afectando negativamente. La aceptación reduce la resistencia, el estrés y nos mueve hacia la búsqueda de soluciones. Toma conciencia de aquello que quieres dejar ir: ya no te hace falta, ya no te hace feliz.
Reduce el contacto poco a poco
No se trata de cortar de golpe, sino de reducir la dependencia poco a poco. Por ejemplo: si te aferras a una rutina que ya no te sirve, comienza a sustituirla gradualmente por otra actividad que también te genere bienestar. Esto permite que las conexiones antiguas se debiliten mientras se crean nuevas asociaciones positivas.
Si nos vamos al ejemplo de Diana, durante las próximas semanas, ella debería ir recogiendo del armario la ropa del marido para donarla o deshacerse de ella. También podría escoger una prenda y guardarla en un lugar especial; el resto saldrá del armario.
Crea nuevas asociaciones
Ahora vamos a introducir nuevos estímulos que también den seguridad, pero de una manera saludable y flexible. Por ejemplo: Diana va a visitar un café en el que le sirvan la bebida que le guste unas dos veces por semana a la misma hora. Va a salir a pasear con alguna amiga una vez al mes o a la semana, como se dé. Va a montar un puzzle, etc. Ella va a incorporar unas actividades en su día a día, que le traerán seguridad y confianza.
Cuantas más veces su cerebro viva seguridad sin depender del estímulo antiguo, menos potente será la conexión vieja.
Recuerda que eres responsable de ti mismo/a. Es decir, evita poner tu bienestar exclusivamente en los demás.
Repite y sé consistente
Como ya sabes, la plasticidad neuronal funciona con repetición: cada vez que respondes de forma diferente al apego, las conexiones antiguas se debilitan gradualmente y se refuerzan las nuevas. Esto requiere paciencia: la fuerza de un apego puede ser muy alta porque se ha reforzado durante años. No esperes que soltar se dé en un día. Paciencia.
Acepta la incomodidad
Como ya vimos antes, al soltar sentirás ansiedad, miedo, tristeza o vacío. Eso es normal. Sentir dolor es lo esperable cuando soltamos. Aprender a tolerar esa sensación sin volver al estímulo es clave para desapegarse.
Vive aquí y ahora. El dolor es temporal, el día de mañana no va a seguir ahí. El mundo cambia, no hay constancia, déjate llevar por el cambio. Vivir de recuerdos te hace perder el foco de lo que importa hoy. Aquello me hacía sentir muy bien ayer pero hoy no. Cuando lo dejes ir, habrá espacio para algo nuevo que te devolverá la calma. Es la ley de la impermanencia: algunas cosas vienen y otras se van.
Conclusión
Con compasión hacia uno/a mismo/a y con la práctica consciente de alejar o alejarse poco a poco, es como se aprende a soltar.
Lo que cuesta no es tanto la acción en sí, sino renunciar a la seguridad emocional que nos daba. Pero no estás solo/a y el dolor, además de ser temporal, se lleva mejor en compañía.
Te mando un abrazo muy fuerte y mucho ánimo para la batalla con la que estés lidiando. Hasta la próxima publicación.
Lucía Ortiz, tu psicóloga en Berlín / Brandemburgo y online.