Descubre qué son los límites, por qué son necesarios para tu salud emocional y cómo comunicarlos de manera efectiva. Una guía completa para aprender a establecer límites saludables sin sentir culpa.
— ¡Que sea la última vez que cotilleas mi WhatsApp! — Sentencia Jesús.
— ¿Quién es esa mujer con la que pasaste la noche? — Pregunta desesperada Ana.
— ¡Mi privacidad la respetas! ¿Te parece normal faltarme al respeto de esa manera? — Salta Jesús.
¿Qué está pasando en esta situación? ¿Está Jesús poniendo un límite de forma adecuada? ¿Es ésta la situación adecuada para poner límites? ¿Quién lleva aquí la razón? ¿Quién está cometiendo la falta?
Hoy te hablo de los límites, esa herramienta esencial para cuidar de nuestra salud emocional, construir relaciones más saludables y vivir con autenticidad. ¿Quieres saber qué son los límites, por qué son necesarios, por qué nos cuesta tanto ponerlos y cómo podemos comunicarlos de manera efectiva? Pues acompáñame para descubrirlo. ¡Vamos allá!
Encontrando el balance perfecto
El tema de los límites requiere encontrar un equilibrio: ni debemos abusar de ellos, ni permitir que los demás nos manipulen.
Encontrar ese balance lleva tiempo y práctica y a pesar de que los límites son esenciales para todos nosotros, no nos enseñan a ponerlos en la escuela, por lo que vamos a ciegas por la vida en relación con este tema.
Antes de meternos de lleno en la práctica, veamos qué es un límite y para qué sirve.
Los límites
Un límite es un espacio entre tú y otra persona, establecido por ti para que no atraviese y no invada esa zona que tú has determinado proteger. Es entonces una barrera que pones para protegerte de algo. ¿Proteger qué? Tu salud mental, física y emocional.
Qué conseguimos al poner límites
Autoconocimiento:
Poner límites favorece el autoconocimiento porque previamente al establecimiento de éstos, tengo que determinar qué voy a tolerar y qué no. Qué es importante para mí proteger.
Por ejemplo, para mí es importante que mis compañeros de trabajo no abusen de mi tiempo y dejen de pedirme tareas que no me corresponde a mí hacer.
Relaciones saludables:
Poner límites ayuda a construir relaciones saludables y pues pierdes el miedo a mostrarte tal y como eres y te ves auténtico/a, y por otro lado te desapegas de la reacción de los demás, te vuelves independiente de su aprobación y dejas de querer complacer a toda costa.
Las personas que acepten tus límites, te respetarán y la relación será saludable. Las personas que no acepten tus límites se alejarán (o te alejarás tú) y eso será lo más conveniente.
Mayor autoestima:
El siguiente aspecto que mejora gracias al establecimiento de límites es la autoestima. Precisamente porque exiges respeto a los demás y te autoafirmas, te haces responsable de tus preferencias, de tu bienestar, de tu vida. Esto es, te respetas tú a ti mismo, razón por la cual exiges respeto a los demás.
Mejora del bienestar general:
Por último, también proteges tu bienestar emocional y físico pues evitas el resentimiento y el agotamiento, al no permitir que los demás se sobrepasen contigo y te pongan en situaciones que tú no deseabas.
Tipos de límites
Hay muchos tipos de límites, los más importantes son:
Límites físicos: relacionados con nuestro espacio físico personal, por ejemplo, quién puede ponerte una mano en la pierna, quién puede abrazarte o besarte.
Límites emocionales: relacionados con nuestras emociones, y que sirven para protegerse de influencias emocionales desagradables. Por ejemplo, cuando una persona descarga en nosotros sus problemas constantemente y decidimos alejarnos por un tiempo.
Límites materiales: aquellos que se ponen para proteger tus pertenencias como dinero y objetos personales. Por ejemplo, cuando escoges a quién prestar dinero.
Límites temporales: los que se establecen para proteger tu tiempo. En este sentido, tú escoges cuáles son tus prioridades rechazando compromisos si lo que necesitas es descansar o si tienes otra ocupación.
Límites sexuales: son aquellos que nos protegen de determinadas prácticas sexuales que no deseamos llevar a cabo.
Hay más tipos pero no los voy a desarrollar aquí porque me extendería demasiado.
Qué es necesario a la hora de poner límites
Qué se necesita para poner límites y qué hay que tener en cuenta:
Conocerte: el autoconocimiento es importante pues no sabremos dónde están nuestros límites si desconocemos qué queremos proteger, si no sabemos cuáles son nuestras preferencias, nuestros deseos, nuestras necesidades. ¿Qué es lo que no quieres que los demás hagan contigo?
Momento adecuado: ni demasiado pronto (el límite podría parecer injusto o desproporcionado), ni demasiado tarde (el límite pierde fuerza o credibilidad). Por ejemplo, si un amigo me interrumpe cuando hablo, lo ideal es hablarlo con él después de dos o tres interrupciones, no a la primera interrupción ni tampoco tres meses más tarde.
Intensidad adecuada: ni exagerado (genera resentimiento, miedo o rebeldía) ni débil (se tiende a ignorar). Por ejemplo, si un amigo te llama por teléfono muy tarde cada día, lo ideal es hablarlo con él para que deje de hacerlo en lugar de explotar y cortar la relación radicalmente.
Persona adecuada: esto parece obvio pero en ocasiones explotamos con la persona equivocada. Por ejemplo, cuando no hay orden en la casa y te enfadas con toda la familia cuando solo una persona es la causante del desorden.
Valor para poner el límite: esto también parece obvio pero no lo es. En ocasiones tememos la respuesta de la persona implicada y, para no molestar, para no entrar en conflicto, preferimos no poner el límite. La clave está en hacerlo aunque te haga sentir mal. Puede sentirse incómodo, no pasa nada, las emociones incómodas son parte de la vida. Déjalas estar ahí mientras pones límites.
Coherencia: la coherencia aquí tiene dos sentidos. Por un lado, si tú pones límites y pides que se respeten, debes respetar los límites que te pongan los demás a ti. Por otro lado, si pones un límite, mantenlo. Por ejemplo, si comunicas que no quieres que tu familia se entrometa en la crianza de tus hijos pero al día siguiente llamas a tu hermana para pedirle consejos sobre si hacer colecho con tu bebé o no, no estás siendo coherente y estás dando pie a que tu límite no se respete, no se tome en serio.
La culpa: va a estar ahí, al menos durante las primeras veces que establezcas tus límites, luego te acostumbrarás. Siempre o casi siempre va a haber algo de culpa cuando pongamos un límite porque tenemos muy interiorizado que los límites hacen daño a los demás (aunque esto no sea cierto) y no queremos hacer daño a nuestros seres queridos. La única manera de que nos sintamos menos culpables cada vez será exponiéndonos.
Ajustables: si pones un límite para evitar enfrentarte a algo ("no quiero hablar de ese tema"), tendrás que ajustar el límite ("ahora no me siento con fuerzas para hablar de ello. Pronto volveré a sacar el tema").
Flexibles: no es necesario volverse rígido, una máquina que no se sale de la norma. Por ejemplo, ni siempre voy a perdonar cuando me hacen daño ni tampoco voy a romper con una relación porque hayan cometido un error del cual se arrepienten de corazón..., hay medias tintas.
Por qué cuesta tanto trabajo poner límites
Ya hemos visto que poner límites es sano, entonces, ¿por qué cuesta tanto trabajo ponerlos? Básicamente porque no queremos desagradar al otro, nos han enseñado que hay que agradar para que no nos excluyan del grupo. Sentirse excluido del grupo es sinónimo de tener menos probabilidad de supervivencia (recuerda que somos animales sociales).
Existen muchos motivos por los cuales no me voy a atrever o no voy a poder poner un límite:
El hecho de no conocerme, de no saber qué quiero proteger, hasta dónde quiero permitir que llegue la gente conmigo, puesto que si no lo sé, no lo puedo pedir.
El miedo al conflicto. Si los conflictos me producen un profundo malestar y tiendo a evitarlos, lo más normal es que prefiera dejar que la gente haga conmigo lo que quiera.
El miedo a la soledad. Si tengo la creencia de que debo agradar para que no me abandonen, es normal que busque evitar discusiones y conflictos para no quedarme solo/a. En ese caso evitaré poner límites.
El no querer quedar como un egoísta o como una mala persona. Cuando se nos enseña a ser educados, a agradar a todo el mundo, a complacer para que no piensen mal de mí y se nos dice que poner límites, ser claros, no querer hacer un favor o priorizarme es de egoístas, etc., lo más normal es que no me sienta bien poniendo límites.
Relacionado con el punto anterior: si damos mayor importancia a los deseos del otro para no desagradar, para no quedar como un egoísta, entonces no querremos poner un límite o nos costará trabajo hacerlo.
El hecho de pensar que podemos con todo también nos condiciona ya que asumimos más de lo que podemos cargar, cedemos, dejando que se sobrepasen con nosotros.
Como mencioné anteriormente, la educación que hemos recibido acerca de que debemos complacer a todo el mundo, de que no debemos desagradar ni importunar a los demás, nos complica la tarea de poner límites pues éstos podrían desagradar a alguien.
Las creencias sociales también influyen poderosamente. La tan extendida idea de que los amigos siempre se cuentan todo, por ejemplo, hace mucho daño pues si crees que la amistad es lealtad y apertura al extremo (incluso por encima de tu individualidad), hasta el punto de no poder establecer un freno, entonces no lo establecerás.
En resumen: me cuesta trabajo poner límites porque no me conozco y/o porque tengo ideas erróneas acerca de lo que es poner un límite.
¿Cómo poner límites?
En contra de lo que sucede con los límites físicos, como una puerta, los límites no físicos no son evidentes. De ahí la gran importancia de nombrarlos, delimitarlos y dejarlos bien claros y definidos.
Aunque conozcas las claves teóricas, únicamente aprenderás a poner límites practicando. Además, poner límites a personas que nos importan es más difícil porque deseamos su aprobación y no hacerles daño, recuerda. Así que prepárate porque, aunque cueste, la única manera de aprender a poner límites adecuadamente será llevando la teoría a la vida real. Estoy contigo en esto:
¿Qué quiero proteger?
El paso número uno es conocer aquello que quieres proteger. Dónde están tus límites. Para ello, te invito a hacer una lista de cosas que quieres y que no quieres que hagan contigo los demás. Quizá pienses que no sabes por dónde empezar. Bien, la clave está en prestar atención a tus emociones, ellas te dicen cuándo algo no anda bien en tus relaciones.
Cada día durante una semana anota aquellas situaciones en las que te sentiste mal, describe qué sucedió y si el motivo es la ausencia de un límite. Te voy a poner un ejemplo: llega la época de Navidad, Lucía se reúne con su equipo para acordar las fechas de vacaciones de cada miembro. Lucía siempre se siente mal durante esas reuniones, son muy desagradables para ella. No le gusta discutir, no quiere llevarse mal con nadie, además le gusta que le recuerden lo buena y sacrificada que es... Pero a cambio, se queda siempre con los peores días de vacaciones, no librará el día de Navidad ni tampoco el de año nuevo... Después de la reunión se siente fatal. Su madre la llama y le pregunta si podrá estar con la familia. Lucía responde que no.
En este ejemplo, Lucía se siente mal en las reuniones en las que acuerdan las vacaciones que van a tomar los miembros del equipo. Ante esta situación hay que preguntarse: ¿por qué me siento mal? Porque siempre me llevo los peores días de vacaciones. ¿Se está faltando a algún límite o se podría solucionar el problema estableciendo uno? Sí. Por antigüedad en la empresa, puedo acogerme a mi derecho de tomarme los días que yo desee.
Defino mis límites
El siguiente paso sería definir el límite con claridad. Para ello, pregúntate: ¿qué quiero conseguir en esta situación? En el ejemplo de Lucía, ella quiere hacer valer su derecho de tomar los días que desee: quiero cogerme las vacaciones en la fecha que más me conviene.
Preparo mi monólogo
El tercer paso es prepararse para la comunicación del límite, hacer un plan sobre lo que vas a decir y cómo lo vas a decir. Para ello:
Te recomiendo que elabores el mensaje haciendo uso de una comunicación asertiva y lo anotes para memorizarlo y ensayarlo frente a un espejo o con algún amigo de confianza o familiar.
Usa un lenguaje respetuoso pero firme. Por ejemplo:
Bien: "la fecha del 22 de diciembre al 4 de enero es la que mejor me viene así que me voy a tomar esos días libres".
No es necesario: "la fecha del 22 de diciembre al 4 de enero es la que mejor me viene, hace mucho tiempo que no veo a mi familia, tengo una prima que va a dar a luz en esa fecha, a mi padre le gustaría que le acompañara a casa de un amigo el día 27..., así que me gustaría tomar esos días libres...".
No hagas esto, por favor: "¡la fecha del 22 de diciembre al 4 de enero es la que me voy a coger y me importa una mierda lo que digáis, si os gusta o no..., me da igual. Es mi derecho y os calláis todos!".
Haz afirmaciones en primera persona, es decir, desde el "yo" para evitar que el otro se sienta atacado (es peor si lo tenemos en nuestra contra, lo queremos de nuestro lado). Por ejemplo: "me siento incómodo/a cuando haces comentarios sobre mi forma de educar", o siguiendo con el ejemplo de Lucía "yo también me siento mal cuando no puedo disfrutar de unas vacaciones con mi familia...".
Evita justificarte en exceso, no debes explicaciones a nadie, el límite es un derecho. Entrar en justificaciones es conceder poder a la otra persona para rebatirte. En lugar de explicar que quieres esos días porque tienes una amiga que va a dar a luz..., o porque tu padre dice que..., ve directamente al grano "la fecha que mejor me viene es...".
Llevo a la práctica en la vida real
Esta es la parte más difícil. Puede ocurrir que tiembles, tartamudees, te sientas culpable... Tranquilo/a, es normal. Pero desde ya te digo que con la práctica, todo esto mejora.
En cualquier caso, también puedes trabajar conjuntamente en tus sentimientos de culpa. Para ello, conforme vayas poniendo los límites y te vayas sintiendo culpable, anota lo que se te pasa por la cabeza cuando te sientes culpable y cuál es la intensidad de la culpa de 0 a 100. Por ejemplo: Lucía se ha sentido culpable porque los demás se quedan sin poder irse de vacaciones los días que se toma ella. ¿Por qué siente culpa? Porque ha dejado a sus compañeros sin vacaciones, es una egoísta... ¿Los ha dejado ella sin vacaciones o la política de la empresa no está bien planteada? ¿Tiene que sacrificarse siempre Lucía? ¿Por qué tendría que sacrificarse siempre ella? ¿Es mala persona por hacer uso de un derecho? ¿Por priorizarse de vez en cuando? Cuéstionate siempre.
A lo largo de un mes de trabajo en tus límites, verás que la intensidad de la culpa irá disminuyendo en tus hojas de registro.
Antes de continuar con el último paso, una nota importante: la culpa no es un problema. La culpa es una emoción que está ahí para hacernos respetar nuestras normas internas. Es una emoción válida que nos da información. Merece la pena echar un vistazo más bien a nuestras reglas internas. ¿Por qué me siento culpable al no ceder a mi derecho de tomar esos días de vacaciones? Porque tu regla interna dice que no debes ser egoísta. ¿Eres egoísta por priorizarte? Cuestiona tus reglas internas.
Hago respetar mi querido límite
El último paso es hacer respetar el límite y para ello ayuda el anticipar las respuestas e ir preparado con una consecuencia que tendrás que aplicar si el límite no se respeta.
Se pueden dar dos escenarios posibles: 1) que respeten el límite o 2) que no lo respeten y se lo salten. En este último caso, ten en cuenta que pueden intentar hacerte chantaje emocional ("si realmente te importara, no harías esto..."), hacerte sentir culpable ("no voy a poder visitar a mi amigo enfermo..."), pueden enfadarse ("no me puedo creer lo que estás haciendo, me parece fatal..."), o hasta incluso pueden distanciarse ("has terminado para mí..."). ¿Qué hacemos en esas situaciones? Bueno, primero mantén la calma todo lo que puedas (respirar hondo ayuda, créeme):
Reafirma tus motivos: esto es decir por qué es para ti importante poner el límite (sin entrar en demasiadas explicaciones) y describir lo que sucederá si el límite no se respeta (la consecuencia, por ejemplo, "tendré que ir a hablar con nuestro superior" / "no te cogeré el teléfono si me llamas esta semana").
No cedas y asegúrate de aplicar la consecuencia si el límite no se respeta.
En última instancia, reconsidera el vínculo (quizá sea hora de alejarse de esa persona si no es capaz de respetarte).
Un límite NO es...
Ya sabes poner límites. Por último, me gustaría compartir contigo lo que no es un límite porque hay personas que abusan de este derecho para manipular. Necesitas saber lo que NO es un límite para estar alerta y bien informado/a (o para no caer en algún error):
Gritar al otro no es necesario para hacerse respetar.
Atacar y luchar por llevar la razón a toda costa no es poner un límite.
Ignorar las necesidades del otro que conciernen a nuestra relación. Esto te lo pongo con un ejemplo para que se vea más claro: —hay algo que necesito hablar contigo porque me afecta mucho; —pues yo no quiero hablar de eso ni hoy, ni mañana, ni nunca. —Este límite aquí no es adecuado. Con esto alejas a tus contactos y, además, no te ayuda a desarrollarte como persona.
Mostrarse vulnerable o hacerse la víctima: —tengo que cogerme esos días porque tengo un funeral... Cuidado aquí con la forma en que presentamos nuestras necesidades. Prioriza la comunicación, la persuasión ética, el acuerdo... Nunca la manipulación.
Evadir responsabilidades: —hazte cargo de sacar la basura. —No quiero. —Haz tu cama. —No quiero... —Una cosa es protegerte de hacer muchos favores o trabajar demasiado y otra cosa es no cumplir con tus deberes. —Me has hecho daño. —Así soy yo, sin filtros, es que yo hablo así...
Manipular: —que sea la última vez que cotillees mi WhatsApp! —Le dice Jesús a su pareja al ver que ésta ha espiado su móvil y ha dado con una infidelidad. Jesús exige que se respete su espacio. Sería un límite válido pero NO LO ES en este caso porque está intentando manipular a su novia para tomar el mando de la situación (ésta lo ha descubierto siendo infiel).
Y hasta aquí todo lo que te quería contar acerca de los límites. Espero que te haya servido de mucha ayuda y que consigas avanzar en tu proceso de aprendizaje sobre el establecimiento de límites. Estoy contigo. Un abrazo.
Lucía Ortiz, tu psicóloga en Berlín / Brandemburgo y online.