Descubre qué es la tristeza, por qué es necesaria y cómo regularla de forma saludable. Aprende estrategias prácticas como la reestructuración cognitiva, la asertividad y la atención plena para superar la tristeza y evitar que derive en depresión.
Hace muchos, muchos años, cuando el mundo aún era joven y los dioses caminaban entre los mortales, existía una divinidad llamada Aléthea, la diosa de la verdad. Su labor era guardar todos los secretos del universo, tanto los buenos como los dolorosos. Aléthea amaba a la humanidad, pero sabía que los hombres, en su fragilidad, no podían cargar con todo el peso de la verdad, pues a veces ésta hería más que cualquier arma.
Un día, un joven pastor llamado Elion, abrumado por la pérdida de su familia, subió a una montaña para suplicar respuestas a los dioses. —¿Por qué existe el dolor?, —preguntó con el corazón roto. Aléthea, conmovida por su tristeza, bajó a la Tierra y se presentó ante él.
—No puedo darte todas las respuestas, —dijo tiernamente la diosa, —pero te otorgaré un don. —Tocó suavemente el rostro de Elion y de sus ojos brotaron lágrimas, limpias y cálidas. —Estas lágrimas son el reflejo de la verdad, de la realidad que tú solo no puedes soportar. Llorarás cuando el peso de la vida sea demasiado grande, y al hacerlo, aliviarás tu alma. Las lágrimas purificarán tu corazón, permitiendo que la verdad se asiente dentro sin destrozarte.
Elion, aún dolido pero sintiendo un alivio inexplicable, comprendió que aunque el dolor era inevitable, las lágrimas le permitirían seguir adelante.
"Las lágrimas son palabras que necesitan ser escritas" (Frederick Douglass)
La cara positiva de la tristeza
Todas las emociones son funcionales, es decir, tienen una razón de ser, nos empujan a actuar de la mejor forma posible ante determinadas situaciones. Nos mueven hacia aquello que nos produce placer y nos alejan de aquello que nos molesta o perjudica. Por ejemplo, cuando no contamos con los recursos necesarios para afrontar una situación, el miedo nos aleja de ella; por su parte, la alegría nos motiva a hacer más de aquello que nos hace felices.
La tristeza, aunque no lo parezca, también cumple una función muy necesaria. Es obvio que todos queremos ser felices. Nos bombardean con la felicidad. Casi que te obligan a ir por la vida con una sonrisa de oreja a oreja. "Sonríe porque alguien puede enamorarse de tu sonrisa". ¿Qué pasa…, ¿acaso no tenemos derecho a estar tristes un día? ¿No tenemos derecho a tener menos energía y hacer menos? ¿No tenemos derecho a recluirnos y descansar por un rato? La felicidad constante que se nos vende hoy día no es realista. Te tocará sufrir a ti, a mí y a aquel de allá. Es así y el que te diga lo contrario no sabe lo que dice.
Cómo superar la tristeza | Salud L-Mental | Salud L-Mental
Qué es la tristeza
La tristeza es una emoción primaria caracterizada por una pérdida de la energía. Cuando estamos tristes nos sentimos indefensos, estamos desganados, desmotivados, no nos apetece hacer nada. Esta emoción desagradable o displacentera surge ante dos tipos de situaciones:
Una pérdida: ya sea de un ser querido, de un objeto preciado, una oportunidad, etc.
La percepción de baja autoeficacia: por ejemplo cuando nos sale mal un examen o cuando sentimos que estamos cometiendo muchos errores en una tarea.
Por tanto tiene la función de bajar nuestros niveles de energía, de pararnos a reflexionar. ¿Por qué es buena esta función? Porque el reflexionar todo el tiempo sobre nuestra pérdida nos lleva a procesarla e integrarla, y por tanto, a superarla. Nos permite elaborar estrategias y encontrar soluciones y alternativas. Además, es muy importante dar una especial mención a la función social que cumple la tristeza, pues nos acerca al otro, genera empatía, para que éste me ayude, me cuide y me acompañe.
El problema de la tristeza
¿Cuándo se convierte la función de la tristeza en algo desadaptativo? Cuando, debido a una mala regulación de la misma, la tristeza se vuelve tan intensa, duradera y frecuente que me impide llevar una vida normal. Es decir, si como consecuencia de una ruptura con mi pareja, mi cuerpo me pide quedarme en la cama todo el día… Este comportamiento será beneficioso durante un breve periodo de tiempo, el suficiente para descansar, meditar y permitirme parar y no tener que enfrentarme a la rutina diaria. Pero, si permanezco en cama más tiempo de lo normal, esto derivará en un problema para mi salud mental. Por qué. Porque al quedarme en cama reduzco el malestar y mi cerebro reforzará esta conducta en situaciones similares (como consecuencia, dejaré de salir y de hacer una vida normal, y viviré recluido y alejado de otras experiencias y emociones placenteras).
La receta emocional
Las emociones tienen tres ingredientes principales (o componentes, como los prefieras llamar):
El cognitivo: es decir, nuestros pensamientos.
El fisiológico: es decir, los cambios corporales que experimentamos ante una emoción (taquicardia, sudoración, etc.).
El conductual: nuestras conductas y acciones motivadas por la emoción.
Cómo se relacionan esos componentes entre sí. Vamos a verlo con un ejemplo: voy conduciendo de camino al médico. De pronto pasa por mi derecha otro coche, pita y maldice. Yo pienso: —me ha pitado a mí, pero no entiendo por qué. —Al cabo de un rato de darle vueltas sigo sin comprender por qué me ha pitado. —Estoy segura de que ha sido a mí. El insulto no viene a cuento… ¿He hecho algo mal? Soy una mala conductora… He tenido que meter la pata con algo… —Todos estos pensamientos son el componente cognitivo de la emoción. Es por esto que yo comienzo a sentir como un nudo en la garganta, algo me oprime el pecho, tengo ganas de llorar… Éste es el componente fisiológico. Llego al médico triste hasta tal punto que me tengo que ir al baño, donde me derrumbo y termino llorando. Éste es el componente conductual.
El 90% de nuestras emociones surgen como consecuencia de nuestros pensamientos y en el ejemplo anterior se ve claramente que mi pensamiento acerca de lo mal que conduzco ha sido el causante de mi tristeza. ¿Por qué he pensado así? ¿Es cierto que conduzco tan mal? ¿Quién juzga eso? ¿El que me ha pitado? ¿Yo? ¿El frutero de la esquina? ¿Por qué he pensado que me han pitado por conducir mal? ¿A caso iba chocando con los demás coches todo el trayecto? Mis pensamientos y los tuyos están sesgados. Nuestras vivencias, experiencias, aprendizajes…, han hecho que nuestro esquema mental no sea objetivo, sino subjetivo, no sean racional/lógico, sino sesgado en favor de nuestras creencias. Interpretamos la realidad a nuestra manera y esa interpretación genera emociones en nosotros. Una parte del trabajo psicológico para la correcta regulación de la tristeza disfuncional se basa en la reestructuración cognitiva, es decir, en cambiar nuestra forma de pensar e interpretar los hechos. Volveremos con esto un poco más adelante.
Qué sucede cuando no expresamos la tristeza
Como con cualquier emoción, la tristeza se acumula y acaba saliendo en forma de depresión o por medio de síntomas físicos y enfermedades. La relación existente entre el sistema inmune y el sistema nervioso central (cerebro y médula espinal) es un hecho. Todo está conectado en nuestro cuerpo. La depresión baja las defensas y sin defensas, somos más vulnerables a las enfermedades.
Entonces, la tristeza es necesaria, sentirla y expresarla es saludable. El problema surge cuando no nos ayuda a resolver la situación, y su frecuencia, intensidad y duración se vuelven desproporcionadas, hasta derivar en una depresión.
La regulación emocional
Según Gonzalo Hervás y Carmelo Vázquez, el proceso de regulación emocional no se da si…
A pesar de sentirnos incómodos con una emoción, no hacemos nada al respecto.
Las estrategias de regulación que utilizamos no son las adecuadas. Por ejemplo, cuando recurro a estrategias de distracción para evitar la tristeza, cuando lo que realmente me haría bien sería hablar o reflexionar.
Las estrategias de regulación que utilizamos son disfuncionales, es decir, nos pueden ayudar a corto plazo pero nos dañan a largo plazo. Por ejemplo, cuando bebemos alcohol para "olvidar" y/o nos autolesionamos.
Regular la tristeza
Cuál es la mejor forma de expresar y regular la tristeza; qué puedo hacer para sentirme mejor, para reducir la intensidad, la duración y la frecuencia de mi tristeza.
Si el motivo de nuestra tristeza es una pérdida irrecuperable, es decir que no tiene solución, como la muerte, debemos atravesar el duelo, darnos ese tiempo de reflexión para adaptarnos a la nueva situación… No queda otra. Pero sí que podemos aplicar una serie de herramientas para impedir que la tristeza derive en una depresión.
Cuando nuestra tristeza se debe a un acontecimiento que tiene solución, como suspender un examen, debemos enfocarnos en la búsqueda de soluciones. Vamos a ver todo esto más en profundidad:
El primer paso para regular la tristeza es pararse a sentirla, prestarle atención, detectar el malestar corporal que me provoca. No es negarla, no es ignorarla, no es taparla. Es reconocerla, sentirla, aceptarla, darle su lugar. "Me siento francamente mal", con todas las letras.
El segundo paso es darle un nombre y aceptar que está ahí, con nosotros, ahora, y eso está bien, es normal y necesario en este momento. "Estoy triste y esta emoción es una mierda, pero así es".
El tercer paso es ponerse manos a la obra y aplicar una serie de herramientas y estrategias para mejorar nuestro bienestar.
Estrategias de regulación de la tristeza
Antes de meterme de lleno en las estrategias, descárgate la guía de apoyo para trabajar paso a paso en la emoción de la tristeza. Es gratis.
¿Guía en mano? Pues vamos allá:
La primera estrategia es programar actividades placenteras y hacerlas aunque no tengas ganas.
La segunda estrategia es la de detectar, registrar y cambiar pensamientos disfuncionales o negativos.
La tercera estrategia es entrenarte en asertividad.
La cuarta estrategia es la de entrenarse en solución de problemas.
La quinta y última estrategia que te propongo es la de practicar mindfulness o atención plena.
Programar actividades placenteras
Te aconsejo que hagas una lista de actividades agradables para ti. Piensa en aquellas actividades que disfrutabas antes de sentirte triste. No tiene por qué ser algo muy complicado, podría ser simplemente tomar un café espumoso o darse un baño con velas. Una vez que tengas la lista, escoge tres actividades y ponles fecha y hora para empezar esta misma semana. Si te cuesta mucho trabajo, divide las actividades en pasos más pequeños y lánzate a por el paso más sencillo. Por ejemplo: si tu actividad es hacer deporte, puede que te cueste trabajo arrancar y hacer una hora y media diaria de yoga pero si te propones hacer solo 5 minutos, te costará menos trabajo.
Hablando de deporte… No voy a hablar ahora de los beneficios que conlleva hacer deporte porque seguramente los conozcas ya, pero sí te voy a recomendar que una de las tareas que incluyas en tu agenda sea justamente la de hacer algún tipo de deporte. Además, te recomiendo que poco a poco vayas invitando a tus actividades a amigos, familiares, colegas o a quien desees. Rodéate de alguna persona para hacer deporte y para cualquiera de las actividades agradables que hayas planeado hacer. Prueba actividades nuevas, especialmente si sientes que las que solías hacer ya no te generan placer. Busca aprender algo nuevo. La novedad le mola a nuestro cerebro.
Cambiar pensamientos disfuncionales
Cambiar nuestros pensamientos no es tarea sencilla y no sucede de la noche a la mañana. Requiere de intervención por parte de un profesional de la salud mental pero no te hace mal trabajar en tus pensamientos a modo de autoayuda. Al contrario.
Como ya sabes, las emociones surgen principalmente como consecuencia de nuestros pensamientos, pero éstos podrían estar sesgados… ¿Recuerdas el ejemplo que te puse del coche? Yo pensé que el coche me pitó a mí, es más, pensé que me pitó por mala conductora… Puede parecer obvio pero no lo es… ¿Por qué no pude pensar que me pitaba porque me conocía? O que pitaba a otra persona… O que apretó el claxon sin querer… Yo pensé lo que pensé como consecuencia de mi esquema de pensamiento. Otros pensamientos alternativos son también válidos teniendo en cuenta que no tengo toda la información de lo que está pasando…, a ver, no soy Dios. La clave está en cuestionarse, en no tomar nuestros pensamientos en serio desde la primera impresión que nos hacemos.
¿Cómo puedo cambiar mis pensamientos? Albert Ellis desarrolló lo que se conoce como el modelo ABC por sus siglas en inglés: A de "Activador", B de "Creencias" y C de "Consecuencias".
El activador es la situación, el hecho de que el coche haya pitado en mi ejemplo.
La creencia es la que surge como consecuencia de la situación, tras oír el claxon pienso: —me ha pitado a mí porque he hecho algo mal, porque soy una mala conductora.
La consecuencia es mi reacción emocional: ponerme triste y llorar.
Mi pensamiento acerca de que conduzco mal es un pensamiento automático irracional y, además, desadaptativo, no me ayuda, no me sirve para nada a no ser que compruebe que esto que sospecho es cierto. Imagina que me bajo del coche y le pregunto al conductor que ha pitado: —¿Me pita usted a mí? —Y él me responde: —Sí, se ha saltado usted un semáforo. —Entonces ya que sé que mi pensamiento estaba en lo cierto, lo que tengo ahora no es un pensamiento irracional que haya que cambiar sino un problema que resolver.
Ahora que conoces el Modelo ABC, comprendes que hay situaciones que no podemos controlar pero sí podemos incidir en la forma que tenemos de interpretar los hechos para cambiar las emociones que sentimos. Siguiendo con el ejemplo anterior: como no me voy a bajar del coche a preguntar al conductor por qué pita y a quién… Me tengo que hacer yo unas preguntas a mí mismo/a:
¿Qué datos objetivos evidencian mi pensamiento? En mi ejemplo, la única evidencia con la que cuento es la mía, yo creo, y ni siquiera estoy segura, que me ha pitado a mí.
De 0 a 10, ¿cómo de intensa es la emoción que siento? ¿Es proporcionada esa intensidad teniendo en cuenta la situación? 8 es mi valoración y la verdad es que dicha intensidad no es proporcionada con la situación. No se ha muerto nadie, no estoy en peligro ni nada por el estilo.
¿Es útil para mí este pensamiento? No, solo me hace sentir mal.
¿Está cayendo mi pensamiento en algún error? Y, si la respuesta es sí, ¿en qué error? Estoy creyéndome capaz de leer el pensamiento del conductor que ha pitado…
Una vez que ya te has cuestionado el pensamiento toca reemplazarlo. Siguiendo con el ejemplo, sería algo así: —no sé por qué razón ha pitado y a no ser que le pregunte no puedo afirmar que me ha pitado a mí, y además, por mala conductora. En cualquier caso, no he provocado ningún accidente así que en principio no puedo decir que, si acaso he cometido un error, éste sea tan grave como para decir que soy una mala conductora. Todo el mundo comete errores conduciendo y eso no quiere decir que seamos malos conductores.
Haz como si fueras tu propio juez, cuestiónate, acorrálate a preguntas. Por último, que sepas que no basta con el pensamiento alternativo, en muchas ocasiones va a ser más poderoso demostrarse que estos nuevos pensamientos realmente son mejores. Para ello, vas a tener que actuar… Siguiendo con el ejemplo, la situación ideal sería hablar con el conductor que ha pitado y preguntarle si has hecho algo mal. Como no siempre es posible, alternativamente puedes consultar con alguien que haya viajado contigo si te considera un buen conductor o no…
Entrenamiento en asertividad
Nuestra tristeza es también una forma de indefensión aprendida, es decir, en ocasiones creemos que hagamos lo que hagamos nada va a cambiar, por tanto dejamos de luchar… La asertividad nos va a ayudar a comunicarnos y responder adecuadamente para conseguir mejores resultados en nuestras relaciones con los demás, a sentir que somos competentes y que tenemos el control (incompatible con la sensación de indefensión).
Hay tres formas de respuesta cuando nos comunicamos con otras personas:
Una respuesta pasiva, no hacerte respetar;
Una respuesta agresiva, no respetar a los demás;
Una respuesta asertiva, hacerte respetar sin faltar al respeto a los demás.
Veamos un ejemplo: el conductor del coche que me ha pitado se detiene, yo me bajo y hablamos. Él me dice: —¡Qué te pasa, es que no has visto el semáforo, casi nos chocamos! ¡¿Has ganado el carnet de conducir en una tómbola?! —Esto es una respuesta agresiva. Ojo, agresivo no quiere decir que tenga que haber violencia física de por medio. Esta persona está faltando a mi derecho de equivocarme. Yo podría responderle de dos maneras: de forma pasiva para no tener que enfrentarme a él: —tiene usted razón, yo siempre soy muy despistada al volante… —o de forma asertiva: —le pido disculpas, no había visto el semáforo. Entiendo que usted se haya asustado pero no es necesario que me falte al respeto. La próxima vez intentaré ir menos distraída.
Ser asertivo es ser capaz de comunicar las propias necesidades, derechos, opiniones y emociones respetando las necesidades, derechos, opiniones y emociones de los demás. Esto implica llegar a acuerdos con el otro, es decir, hacer críticas constructivas y pedir cambios de conducta, así como recibir críticas y solicitudes de cambio de conducta sin olvidar que ambas partes tienen derecho a negarse.
Entrenamiento en solución de problemas
Como vimos antes, hay acontecimientos que valoramos como desagradables y que por tanto generan en nosotros tristeza: como la muerte de un ser querido o suspender un examen. Dichos acontecimientos pueden tener solución o no. La muerte de un ser querido no tiene solución, aprobar un examen sí.
Podemos cambiar la situación del examen suspenso aplicando una solución adecuada, como por ejemplo haciendo un plan de estudios para la recuperación. Sin embargo, no podemos cambiar la situación ante la muerte de un ser querido pero sí podemos cambiar nuestra emoción de tristeza por medio de un cambio del pensamiento. En ambos casos queremos resolver un problema: la situación o mi emoción.
¿Cómo se resuelve un problema?
Paso 1: definir el problema. Lo primero es determinar si el problema tiene solución. Entonces, pregúntate: ¿puedo yo hacer algo para cambiar la situación? Si la respuesta es "sí", pregúntate: ¿qué puedo hacer yo? Si la respuesta es "no" pregúntate: ¿qué puedo hacer yo para cambiar mis emociones? Recuerda ser lo más concreto posible en este paso. ¿Qué puedo hacer yo para dejar de procrastinar? Es una pregunta muy genérica, deberás ser muy específico a la hora de definir tu problema: ¿qué puedo hacer yo para sacar un 5 en el examen? Sería una buena pregunta para comenzar. En el caso de la muerte de un ser querido la pregunta sería: si de 0 a 10 evalúo que me siento triste a un nivel de 9, ¿qué puedo hacer yo esta semana para alegrarme dos puntos?
Paso 2: hacer una tormenta de ideas: toma un papel (o usa la guía que he compartido contigo) y anota todas las soluciones que se te pasen por la cabeza, por muy locas que te parezcan…
Paso 3: toma una decisión, escoge la mejor alternativa. Te va a tocar evaluar la que mejor se adapte a ti. Puedes asignar puntuaciones a cada una de tus alternativas… Como mejor te parezca a ti.
Paso 4: lánzate a poner en marcha la solución escogida y evalúa el resultado.
Practicar la atención plena
Se ha demostrado que tras tres meses de práctica diaria de atención plena la estructura cerebral cambia. Solo son necesarios 10 minutos al día y los beneficios son realmente numerosos. Puedes encontrar un montón de vídeos sobre mindfulness en español en YouTube. Prueba y me cuentas.
Recuerda que todo lo que expongo aquí no sustituye bajo ningún concepto la terapia psicológica. Si te preguntas cuándo debes acudir a un psicólogo, mi respuesta es que cuando sientas que tu tristeza comienza a impedir que hagas una vida normal, es decir, cuando dejas de lado tus amistades, tu trabajo, tus actividades de ocio…
Sin más, me despido hasta la próxima publicación. Un abrazo.
Lucía Ortiz, tu psicóloga en Berlín / Brandemburgo y online.