La envidia es una emoción secundaria que combina tristeza e ira. Descubre qué es, por qué la sentimos y cómo transformarla en motivación y autoconocimiento.
—No le hagas caso, ¡está envidiosa!
—Pasa de ella, te tiene envidia.
—Te tratan mal porque tú eres más guapa que ellas.
—Te excluye del grupo por pura envidia. Eres mucho más inteligente.
¿A qué te suenan estas afirmaciones? Alguna vez nos han dicho esto nuestros familiares/amigos o nosotros lo hemos concluído cuando nos han contado alguna anécdota como la siguiente:
Cristina siente mariposas en su barriga pero no de su embarazo, recientemente confirmado, sino de los nervios. Nervios porque tiene una comida familiar, durante la cual va a dar la gran noticia.
En la reunión están, sus padres, sus hermanos, sus suegros y la novia de su hermano. Al dar la noticia del embarazo, toda la familia se vuelve loca de la alegría... Toda..., excepto la cuñada... O eso le parece a Cristina cuando ésta le dice:
—Pobre de ti, los bebés son muy monos de recién nacidos pero cuando crecen... Uy, cuando crecen son unos diablillos, lo rompen todo, gritan, lloran todo el día... Además, después de tener un hijo te quedas gorda y llena de estrías en la barriga...
Spoiler: unos meses más tarde, la cuñada también se quedó embarazada...
Éste es un ejemplo de una persona sintiendo envidia. Aunque nuestra primera reacción sea pensar «qué persona tan desagradable», ¿sabías que en realidad tú y yo también sentimos envidia? Aunque la emoción sea bien desagradable para todas las partes implicadas, ¿sabías que está ahí para decirnos algo? Y que no somos malas personas por sentir envidia. ¿Quieres saber por qué nos sentimos así? ¿Quieres sacar lo mejor de esta emoción y aprender a transformarla en algo bueno? Pues quédate conmigo y sigue leyendo. ¿Comenzamos?
Qué es la envidia
La envidia es una emoción secundaria o compleja que surge de la combinación de las emociones primarias de «tristeza» e «ira». La envidia tiene un componente de tristeza porque sentimos que carecemos de algo que percibimos en el otro y que deseamos nosotros. También tiene un componente de ira porque nos produce frustración y desprecio hacia la otra persona. Quédate con esta idea porque la voy a especificar un poquito mejor más adelante.
En ocasiones se confunden , sin embargo son dos emociones muy diferentes: la envidia centra nuestra atención en eso que no tenemos y deseamos tener, los celos centran nuestra atención en proteger eso que sí tenemos y no queremos perder.
El abominable monstruo de la envidia | Salud L-Mental | Salud L-Mental
envidia y celos
Entonces, al igual que ocurre con las demás emociones, la envidia también tiene una función. Si has leído la publicación «Cómo manejar mis emociones», ya sabrás que éstas son el síntoma de la mente, es decir, dan una información acerca de lo que está sucediendo en nuestro interior, nos mueven y activan para cambiar algo que nos desagrada o para mantener algo que nos agrada y da placer. Pues bien, la envidia nos habla de nuestros deseos más profundos y ahora verás por qué.
Deseo lo que tú tienes y yo no tengo
El proceso de la envidia funciona de la siguiente manera: primero vemos algo en otro que deseamos y que no tenemos: percibimos una diferencia entre esa persona y nosotros; vemos en el otro lo que deseamos para nosotros y que, por la razón que sea, aún no tenemos o no podemos tener. Esa persona me recuerda mi carencia y eso me hace sentir mal. Entonces, para encontrar mi equilibrio anterior yo tengo que eliminar la diferencia que percibo y para ello tengo tres posibles formas:
Consiguiendo eso que deseo.
Arrebatándole al otro eso que tiene y que yo deseo. Veamos este punto con un ejemplo: imagina dos compañeras de trabajo, Olga y Clara. Olga lleva meses haciendo deporte y su figura es despampanante. La otra siente envidia y le dice: —como no comas un poco más, vas a desaparecer... —Clara lleva tiempo queriendo adelgazar pero no encuentra la voluntad para empezar a cuidarse, entonces intenta eliminar la diferencia percibida dándole a entender a Olga que lo está haciendo mal, que debería comenzar a comer más. Inconscientemente intenta hacer que Olga deje de cuidarse y engorde al igual que Clara.
Por medio del autoengaño. Por ejemplo: Clara podría no decir nada a Olga, sino a sí misma que en realidad hacer deporte es malo para la salud y que está obsesionada con el tema.
Aunque no lo parezca, no tengo nada en tu contra...
Aquí viene lo importante: La envidia no es un problema de la relación con la otra persona, es un problema conmigo misma. La otra persona únicamente es el espejo que refleja mi carencia. Si yo no tuviera ese deseo insatisfecho, la presencia de esa cualidad, objeto o situación en el otro no me afectaría en absoluto.
Veamos otro ejemplo: imagina que eres maestra de primaria y una de tus compañeras acaba de comprarse un coche de lujo. Tú trabajas en el mismo colegio, cobras lo mismo que ella, tienes la misma formación académica... pero te mueres de envidia. ¿Por qué? Porque tú llevas años deseando un coche así y no has podido conseguirlo. Sin embargo, otra colega tuya que se compró su coche hace tres años, cuando lo vio, pensó «qué coche tan bonito», le felicitó de corazón y listo. ¿Cuál es la diferencia? Que ella ya satisfizo ese deseo y por lo tanto, la envidia no tiene cabida en ella, porque no hay diferencia que eliminar.
Así que, la envidia nos dice qué es lo que realmente queremos. Nos muestra nuestros deseos más profundos y nos está invitando a hacer algo al respecto. Y ahora que lo sabemos, pasemos a la segunda parte.
Por qué sentimos envidia
Excelente pregunta. ¿Por qué sentimos envidia? La respuesta es simple: porque comparamos nuestras vidas con la de los demás. Vivimos en una época donde es muy fácil compararse: las redes sociales nos muestran constantemente la vida de otras personas, vemos sus logros, sus viajes, sus parejas, sus casas... y nosotros estamos viendo todo esto desde el sofá de nuestra casa a las 3 de la mañana, preguntándonos dónde nos equivocamos en la vida.
Pero aquí viene lo interesante. La comparación tiene un propósito evolutivo. Durante miles de años, nuestros antepasados vivieron en pequeños grupos y la comparación les ayudaba a situarse en la jerarquía social. Si eras más fuerte, más inteligente, o tenías mejores habilidades, podías ascender en esa jerarquía y tener acceso a más recursos y a mejores parejas. La comparación te motivaba a mejorar y a superarte. Pero claro, eso era cuando vivías con 150 personas máximo (ese es el número de Dunbar, el máximo de relaciones significativas que podemos mantener). Ahora, en cambio, compararse con miles de personas en las redes sociales es completamente diferente y poco saludable.
Dos tipos de envidia
Existe la envidia malévola y la envidia benévola.
La envidia malévola es aquella donde deseo que el otro pierda lo que tiene, aunque yo no gane nada con ello. Es el tipo de envidia más destructiva y es la que nos mueve a actuar de forma cruel o despiadada. Es la envidia de la cuñada del ejemplo de Cristina. Es la envidia que nos lleva a criticar, a murmurar, a sabotear.
La envidia benévola es aquella donde reconozco que el otro tiene algo que yo deseo y que eso me motiva a conseguirlo yo también. Es el tipo de envidia que es más constructiva. Es la que puede servir como motor de cambio. Es decir, veo a alguien que tiene eso que yo quiero y eso me inspira a trabajar para conseguirlo.
Soy el/la más envidioso/a
Si tras leer esto piensas «yo soy el/la más envidioso/a del mundo, debo de ser una mala persona», déjame decirte que la envidia es una emoción universal y natural. Todos la sentimos en mayor o menor medida. Algunos la sienten más frecuentemente que otros, pero nadie está libre de ella. Incluso aquellos que dicen que nunca sienten envidia, probablemente están usando la estrategia del autoengaño que mencioné anteriormente.
Lo que sí es cierto es que hay personas que sienten envidia más frecuentemente que otras. Y esto puede deberse a varios factores:
Baja autoestima. Si no confío en mis propias capacidades, sentiré más envidia de los logros ajenos.
Inseguridad. Si me siento insegura en algún aspecto de mi vida, tendré más tendencia a compararme con otros.
Ambiente familiar durante la infancia. Si crecimos en un ambiente donde constantemente nos comparaban con otros hermanos o primos, es probable que hayamos desarrollado una mayor tendencia a la envidia.
Perfeccionismo. Si exijo demasiado de mí misma y me resulta difícil aceptar mis limitaciones, sentiré más envidia.
Creencias limitantes. Si creo que «la vida es un pastel y si tú tienes un trozo más grande, eso significa que yo tendré menos», sentiré más envidia. Sin embargo, la vida no funciona así. La vida es abundante y hay oportunidades para todos.
¿Qué hago con esta envidia que me corroe por dentro?
Una vez que identificamos que lo que sentimos es envidia, ¿qué hacemos? ¿La reprimimos? ¿La ignoramos? ¿La actuamos en forma de crítica o burla hacia el otro? La respuesta es ninguna de las anteriores. La envidia, al igual que el resto de emociones, merece ser reconocida, validada y transformada. Y aquí te propongo varias estrategias:
Dar lugar a la emoción
Lo primero que debemos hacer es permitir que la emoción exista. No podemos transformar aquello que negamos. La envidia está ahí, la sientes, duele, incomoda... Vale. Respira, siéntela, llora si es necesario. Deja que tu cuerpo exprese lo que tu mente está experimentando. La represión emocional es dañina a largo plazo y puede llevar a problemas de salud tanto física como mental.
Permitir la ambivalencia emocional
Aquí viene una clave importante: es posible sentir dos emociones opuestas al mismo tiempo. Puedo estar feliz por el logro de mi amiga Y sentir envidia al mismo tiempo. Esto se llama ambivalencia emocional. Es decir, puedo desear sinceramente que mi amiga sea feliz con su nuevo trabajo Y desear que yo también consiga un trabajo así. No son sentimientos que se excluyan mutuamente. De hecho, permitirse sentir ambas cosas es lo más sano.
Comparte con la persona envidiada
Aquí viene algo que quizá te sorprenda: habla con la persona a quien envidias. Claro que no le dirás «te tengo envidia» a las primeras de cambio (aunque si la relación lo permite, podrías hacerlo). Lo que sí puedes hacer es acercarte a ella y preguntarle cómo consiguió eso que tú deseas. Pregúntale cuál fue su camino, qué sacrificios tuvo que hacer, cuánto tiempo le llevó...
Al hacer esto, dos cosas suceden:
Primero, humanizas a la otra persona. Cuando vemos a alguien desde la distancia, tendemos a idealizarlos. Creemos que todo en sus vidas es perfecto, que no tuvieron que esforzarse, que les cayó del cielo. Pero cuando hablas con ellos, descubres que también sufrieron, que también tuvieron dudas, que también fracasaron varias veces antes de lograrlo. Eso normaliza la situación y disminuye la envidia.
Segundo, obtienes información valiosa. Si esa persona logró algo que tú deseas, entonces es probable que ella pueda enseñarte cómo hacerlo. Puedes aprender de su experiencia.
Tiempo de reflexión
Ahora que ya has permitido la emoción, que reconoces que es válido sentirla, que has hablado con la persona y la has humanizado... es hora de reflexionar. Pregúntate:
¿Realmente deseo esto que envidio?
¿O deseo la idea de lo que representa?
Por ejemplo, quizá envidies a alguien porque tiene mucho dinero. Pero cuando reflexionas, te das cuenta de que lo que realmente deseas es seguridad económica, no necesariamente todo ese dinero. O quizá envidies a alguien porque tiene una relación de pareja hermosa, pero lo que realmente deseas es sentirte amada y valorada, no necesariamente una relación igual a la de esa persona.
El plan para alcanzar mis deseos
Una vez que hayas identificado qué es realmente lo que deseas, es hora de hacer un plan para conseguirlo. No es suficiente con desear algo. Necesitas acción. ¿Qué pasos necesito dar? ¿Qué recursos necesito? ¿Cuánto tiempo me llevará?
Por ejemplo, si envidias a alguien que tiene un cuerpo saludable, tu plan podría ser:
Comenzar a hacer ejercicio tres veces a la semana.
Cambiar gradualmente tus hábitos alimentarios.
Buscar un nutricionista o un entrenador personal.
Establecer metas realistas y medibles.
El punto aquí es que la envidia se transforma en motivación y acción. En lugar de quedarte lamentándote de lo que el otro tiene, te pones a trabajar para conseguirlo tú también. Y aquí es donde la envidia benévola se convierte en tu aliada.
Bonus 1: gratitud
Mientras trabajas para conseguir lo que deseas, practica la gratitud. Reconoce todo aquello que ya tienes y por lo que puedes estar agradecida. Esto ayuda a equilibrar la balanza. Si únicamente te enfocas en lo que te falta, tu mente estará constantemente en la carencia. Pero si reconoces lo que sí tienes, estarás más equilibrada emocionalmente y tendrás más energía para perseguir tus metas.
Bonus 2: logros
A medida que vas consiguiendo las cosas que deseas, celebra tus logros. No importa si son pequeños o grandes. Cada paso que das te acerca a donde quieres estar. Reconoce el esfuerzo que haces, la valentía que tienes, la determinación que demuestras. Esto fortalece tu autoestima y te motiva a seguir adelante. Y con una autoestima más fuerte, la envidia disminuye considerablemente.
Lucía Ortiz, tu psicóloga en Berlín / Brandeburgo y online.