Las sombras de dar a luz: cómo manejar el dolor del parto
El dolor del parto asusta, pero entenderlo lo cambia todo. Descubre 5 consejos psicológicos para manejar el dolor, reducir el miedo y vivir el parto con más confianza y tranquilidad.
Samuel irrumpe en la recepción del hospital con su mujer en silla de ruedas, Rebecca, que acaba de romper aguas. Gritando y agrediendo a las enfermeras pide que les atienda un médico inmediatamente. De la tensión, suelta la silla de ruedas, la cual sale rodando disparada con la mujer todavía sentada encima. Ésta grita y Samuel sale corriendo detrás de ella para traerla de nuevo con él.
Cuando por fin les atiende un médico, el cual no tiene nada experiencia y al parecer es profundamente odiado por la pareja, cogen a la mujer y la llevan a la sala de partos tumbada en una camilla, como si estuviera enferma.
Una vez en la sala, se comunican unos con otros a gritos: Samuel grita, Rebecca grita, la enfermera grita. Todos gritan... A Rebecca el médico la atosiga a preguntas mientras que el marido la insta a hacer respiraciones.
Por si esto no es ya lo suficientemente rocambolesco, de repente meten en la sala a otra mujer y a su marido, que también están de parto y que, curiosamente, son amigos entre ellos, se conocen. ¿Dónde quedó la intimidad, por favor?
El marido de la mujer que acaban de meter en la sala de partos saca una cámara enorme y comienza a grabar directamente la cara de las dos mujeres en medio del trabajo de parto. Rebecca pide la epidural a gritos mientras la otra mujer insulta a su pareja, el de la cámara, por haberla puesto en semejante situación. Además le pide que la próxima vez se la corte... Como si ella no hubiera tenido decisión en todo esto; como si éste fuera el peor de los trances...
En medio de todo este alboroto, se presenta el médico anestesista. Samuel ve la aguja que va a usar para pinchar la epidural a Rebecca, y de la impresión, se desmaya (el médico también se desmaya, por cierto).
Cuando consiguen que Samuel vuelva en sí nuevamente, el marido de la otra mujer que está de parto levanta el camisón de Rebecca para grabar el expulsivo. Acción que molesta a Samuel, quien acaba pegándole un puñetazo, iniciándose con ello una batalla campal directamente en la sala de partos.
Finalmente, nace el bebé de Rebecca y el médico se lo queda en brazos y lo mece en lugar de dárselo a la madre inmediatamente.
Esto que te acabo de narrar es una escena, esperpéntica y ridícula, de la película «Nueve meses». Obviamente, puesto que se trata de un peli, el parto ha sido exagerado, dramatizado, cómico, los personajes se han caricaturizado... Es una película. Sin embargo, aunque solo sea una peli, lamentablemente, esto es a lo que estamos acostumbrados: a ver los partos como un drama, una tragedia en lugar de un evento natural que conlleva unos procesos, unos cambios y unas sensaciones.
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¿Estás embarazada y vas a dar a luz pronto? ¿Te asusta el parto y el dolor que conlleva? ¿Quieres saber cómo hacer para manejar ese dolor? En esta publicación te lo cuento. ¿Te vienes conmigo?
«Somos la única especie mamífera que duda de su capacidad de dar a luz».
(Ina May Gaskin)
Las 3 preguntas clave
Voy a responder a las tres preguntas clave que se hace la mayoría de las mujeres embarazadas:
¿Duele el parto? Pues sí, duele. Lo que nos conduce a la segunda pregunta:
¿Cuánto duele? No podemos hablar de una cantidad de dolor, el dolor se interpreta en el cerebro y depende de la capacidad de cada uno para soportarlo. Es decir, cada persona tiene su umbral del dolor, el que marcará cuánto somos capaces de soportar. Y esto nos lleva a la tercera pregunta:
Sabiendo que el dolor es subjetivo, ¿podré yo soportar el dolor del parto? Como mujer, desde luego estás dotada de todo lo necesario para soportarlo pero aquí hay que mencionar que los miedos, las experiencias pasadas, la forma en que nuestras culturas nos presentan los partos, algunos pensamientos pesimistas como «todo va a salir mal», etc., intervienen y empeoran la capacidad de manejar el dolor.
Por qué me duele...
Según el modelo biopsicosocial, el dolor no es simplemente una respuesta física a una lesión, sino una experiencia compleja influenciada por factores biológicos, psicológicos y sociales. Qué quiere decir esto aplicado al parto:
Que duele porque hay cambios radicales y rápidos en la fisiología de la mujer (como son el estiramiento del perineo, el alargamiento de la vagina, etc.). Éste sería el factor biológico.
Que también duele porque en añadidura sentimos miedo, inseguridad, tenemos expectativas rígidas, nos preocupa la incertidumbre, etc. Éste sería el factor psicológico.
Que duele, si además de lo anterior también nos sentimos solas, nuestra pareja no es un apoyo, el sistema médico no ayuda, etc. Este es el factor social.
Entonces, para sobrellevar mejor el dolor, uno de los pasos es ir bien informada acerca del proceso. ¿Por qué? Pues, sencillamente, porque reduce la incertidumbre, la cual es una gran fuente de miedo y estrés.
Consejo 1: informarse, planearse
A lo largo del embarazo vamos a informarnos para reducir la incertidumbre, la inseguridad y el miedo. Sobre el proceso del parto, lo ideal es que busques a alguien cualificado que te de la información que necesitas, por ejemplo, tu matrona o doula, tu médico... Yo te voy a exponer la parte relacionada con el aspecto psicológico. Vamos allá:
El dolor... ¿Por qué?
Darle un nuevo significado al dolor del parto es esencial para recibirlo con mejor cara: no es lo mismo verlo como la muerte pelona acercándose con la guadaña hacia nosotras..., que verlo como un aliado para que el proceso se desarrolle de la mejor forma posible.
Según la IASP (Asociación Internacional para el Estudio del Dolor), éste es una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada, real o potencialmente, con daño en los tejidos.
Es una experiencia subjetiva: es decir, no se puede medir objetivamente sino que depende de cómo lo viva la persona.
Es sensorial y emocional: es decir, que combina sensaciones físicas (como calor, escozor, presión) y emociones (miedo, ansiedad, tristeza...), pero no siempre requiere de una lesión física para existir. Tampoco toda lesión causa dolor. Esto subraya la importancia de la interpretación que le damos al estímulo físico.
Es desagradable, es decir, las sensaciones se interpretan como desagradables y ahora veremos para qué.
Está asociada, real o potencialmente, con daño en los tejidos: es decir, puede haber daño en tejidos o solo la percepción de que podría haberlo, sin lesión visible.
Entonces, podemos decir que el dolor está más bien en nuestra cabeza, pues sin la interpretación de un estímulo como doloroso, éste no sería doloroso. Y si el dolor no depende exclusivamente de las sensaciones físicas, ¿qué otros factores influyen? El factor psicológico y el social, según el modelo biopsicosocial que mencioné antes.
El dolor... ¿Para qué?
El dolor tiene una función adaptativa. Puesto que es desagradable, nos motiva a hacer algo para parar ese dolor. Por tanto, nos avisa de peligro, de que algo no anda bien: «esto quema, retira la mano»; «esta postura duele, intenta colocarte de otra forma».
El parto nos duele, obviamente, porque expulsamos semejantes cabezones de dentro de nosotras, pero más allá de esa obviedad, el dolor del parto, por ejemplo el de las contracciones, también tiene su función aunque no lo parezca. Nos ayuda de muchas maneras:
A encontrar la mejor postura para dar a luz. Es decir, guía el movimiento y la postura.
Facilita la diferenciación emocional en la que pasamos de ser 1 con nuestro bebé a ser 2. Hay mujeres que sufren al verse la barriga vacía, sin bebé.
Estimula la producción de hormonas clave como las beta-endorfinas (que actúan como analgésicos naturales), y la oxitocina (que no solo facilita las contracciones y el progreso del parto, sino que también promueve el vínculo entre madre y bebé y favorece el inicio de la lactancia).
Favorece la introspección y la desconexión del entorno, lo que ayuda a la madre a concentrarse en lo más importante: dar a luz.
Dos tipos de dolor
Ahora que sabemos que el dolor del parto es normal y que no es malo. Vamos a distinguir entre dos tipos de dolor:
Dolor: inevitable y necesario, funcional, que nos guía y nos avisa.
Sufrimiento: evitable e innecesario, disfuncional que añade más dolor y malestar.
¿En qué momento se vuelve el dolor un sufrimiento? En el momento en el que comenzamos a añadir interpretaciones erróneas y exageradas, en el momento en que no contamos con apoyo, cuando nos quitan la libertad de escoger cómo y dónde dar a luz, etc. El modelo biopsicosocial, recuerda.
Cuando tienes información valiosa de cómo transcurre un parto y sus fases, estás en una buena disposición para crear tu plan de parto. Éste consiste en elaborar una lista de preferencias: el lugar donde te gustaría dar a luz, cómo deseas que esté decorado u organizado ese espacio, quién quieres que te acompañe, cómo prefieres manejar el dolor, qué intervenciones médicas solicitas, etc. Y este plan te va a dar la seguridad necesaria para enfrentar con más fuerza y valentía el momento del parto.
Consejo 2: adiós, miedos
Una vez que ya conocemos cómo funciona el parto, así como qué es el dolor y por qué está ahí, el siguiente consejo, el consejo 2, será trabajar en esos miedos que paralizan este proceso natural. Para ello, conozcamos primero unas hormonas muy molonas que producimos durante el parto:
Oxitocina: nos ayuda a generar contracciones para que tenga lugar el trabajo de parto.
Endorfinas: son analgésicos naturales para que las contracciones duelan menos.
Adrenalina: aparece al final del parto en dosis justas para no bloquear el proceso. Si estamos nerviosas, se segregará antes de tiempo y en altas dosis, interfiriendo así con el trabajo de parto y llegando incluso a pararlo. La hormona opuesta a la adrenalina y la encargada de que el parto progrese es la oxitocina.
Noradrenalina: cuya función es la de mantenernos despiertas y activas.
Estas hormonas no se controlan de forma racional, es decir, una no dice: «voy a producir ahora un poquito de oxitocina para ver si adelantamos esto ya...». Al igual que el corazón late solo, que nuestros riñones hacen su trabajo sin que se lo tengamos que pedir, nuestro cuerpo segrega las hormonas necesarias en el momento necesario porque la mujer viene equipada para parir; no hay que aprenderlo. No hay que olvidar esto tampoco.
Controlar menos es funcionar mejor
Si no tenemos control sobre la segregación de hormonas, ¿qué podría hacer que éstas no se segreguen adecuadamente? Nuestra mente catastrófica, nuestra mente en modo pesimista, en modo supervivencia. Nuestra mente asustada, en definitiva. Por qué, porque segregamos adrenalina, una de las hormonas del estrés, incompatible con la oxitocina, la hormona que favorece el buen transcurso del parto.
Grantly Dick-Read, obstetra británico, descubrió que como consecuencia del miedo, la mujer segregaba adrenalina, la cual hacía que la sangre fluyera a las extremidades (su cuerpo preparándose para huir), creando tensión en los músculos del útero. A este fenómeno lo llamó el ciclo «miedo - tensión - dolor». Esta tensión en el útero complica el proceso del parto.
Por tanto, para parir hace falta tranquilidad, no podemos estar estresadas y esto solo se consigue si:
El entorno es el adecuado y me hace sentir segura: tengo intimidad, hay silencio, la luz es tenue...
Mi mente está tranquila y confío en mí: esto se consigue informándose y preparándose con antelación, así como trabajando en los miedos y en la capacidad de comunicación de las propias necesidades (el punto que estamos tratando ahora mismo).
Me siento acompañada: por mi pareja, mi madre, etc.
Trabajar mis miedos
Esto se hace por medio de la reestructuración cognitiva, es decir, el trabajo para cambiar nuestros pensamientos erróneos.
¿Te has sorprendido alguna vez haciendo comentarios como...?: «como mi pareja se desmaye en el parto, me muero», o «no voy a poder soportar ese dolor tan espantoso», o «algo podría salir mal y morirse mi bebé o yo misma», o «si me pongo en esta postura, el médico me va a regañar porque en esta postura él no ve bien», o «si no doy a luz de forma natural (cesárea), soy una mujer débil»...
Todos estos comentarios tienen un sutil matiz incorrecto. Te explico: «como mi pareja se desmaye en el parto, me muero». Yo no creo que te vayas a morir si tu pareja se desmayara. Lo que pasaría es que se perdería el nacimiento de su hijo, nada más. Que a ti te gustaría que te acompañara de forma funcional..., sí, pero si no lo hiciera, no te morirías, te fastidiaría, ya está... ¿Cierto?
La mayoría de nuestros miedos se sienten y se imaginan peor de lo que serían en la realidad si sucedieran y para superarlos es muy poderoso cuestionarse sobre la exageración/veracidad del pensamiento que nos asusta.
Veamos otro ejemplo: «si no doy a luz de forma natural (cesárea), soy una mujer débil». Este pensamiento exigente, rígido, provoca mucho malestar porque añade un miedo y un malestar extra. Nadie sabe si se va a dar el parto de forma natural o por cesárea porque no podemos controlar los acontecimientos. Entonces, no es justo cargarnos con una responsabilidad que ni controlamos, ni nos corresponde.
Para trabajar con esos pensamientos que te hacen sentir insegura te voy a dar la siguiente clave:
Formula tu miedo en voz alta: «si no doy a luz de forma natural (cesárea), soy una mujer débil».
Hazte las siguientes preguntas:
¿Qué evidencias tengo de que...?: ¿qué evidencias tengo de que las mujeres que dan a luz por cesárea son débiles? ¿Qué evidencias tengo de que mi parto vaya a terminar en una cesárea? Si el médico nos ha dicho que tenemos una alta probabilidad, aquí el trabajo es otro, hay que lidiar con la idea de que el parto será así, pero si no hay evidencias de que nuestro parto pueda acabar en cesárea, la probabilidad es muy baja.
¿Qué probabilidad existe de que...?: ¿qué probabilidad existe de que un parto que se desarrolla con normalidad acabe en cesárea? Te doy el dato: del 10 al 15%.
¿Qué intensidad tiene mi emoción ante ese pensamiento? De 0 a 100, pongamos que 95.
¿Es proporcionada esa intensidad? Teniendo en cuenta la probabilidad de que solo el 10-15% de los partos acaban en cesárea, la intensidad de mi emoción no es proporcionada.
¿Es útil mi pensamiento? No, me hace sentir mal.
¿Cae en algún error este pensamiento? Sí, estoy leyendo el futuro, estoy asumiendo que mi parto acabará en cesárea.
¿Qué pasaría si...?: ¿qué pasaría si el parto acabara en cesárea? ¿Qué es lo peor que puede pasar? Lo peor que puede pasar es que tarde más en recuperarme, que tenga que cuidarme una cicatriz...
¿Durante cuánto tiempo sufrirías las consecuencias? Estaría mal un mes, no creo que más tiempo...
Reemplaza el pensamiento por otro más realista, más adecuado. Cuidado con los pensamientos positivos: no se trata de ser positivo, se trata de ser realista. «Si no doy a luz de forma natural (cesárea), soy una mujer débil» se podría reformular así: «Si no doy a luz de forma natural (cesárea), me voy a decepcionar aunque entiendo que yo no tengo control sobre todas las circunstancias que puedan darse en el transcurso del parto».
Lleva a la práctica el nuevo pensamiento. Esto sería algo así como preguntar a amigas y conocidas si dieron a luz de forma natural o no, y a aquellas que dieron a luz por cesárea, preguntarles si se consideran débiles.
Consejo 3: desconectar, respirar, relajar
Al trabajar en nuestros pensamientos catastróficos o hiperexigentes, al reducir el ruido de nuestras mentes, estaremos más relajadas el día del parto. Sin embargo, no basta con una mentalidad positiva y realista, pues todas sabemos que un parto se nos puede torcer: si el bebé ha decidido nacer de culete, si el parto no avanza por el motivo que sea..., no importa cuán positivas seamos, el sobresalto ante algún cambio en los acontecimientos es inevitable. Tener un pensamiento realista, ciertamente, no influye en el transcurso de los acontecimientos sobre los que no tenemos control. Influye en nuestra actitud, pero no en lo que realmente va a suceder.
Llevarme bien con la incertidumbre
La incertidumbre siempre va a estar ahí y no hay pensamiento realista ni positivo que acabe con ella; la única salida aquí es ir bien informada, conocer los posibles escenarios que podrían salir mal, elaborar diferentes planes de acción para cada escenario, aprender a soltar el control y adaptarse a los cambios conforme vayan viniendo.
El ginecólogo francés Michel Odent decía que la mujer tenía que pensar menos y dar más rienda suelta a su instinto. Es decir, que no pienses... Sí, claro, muy sencillo, pensarás. No puedes no pensar, la mente no se puede apagar pero sí puedes dirigir tu atención allá donde te interese para centrarte en el ahora y no en lo que vendrá. Y esto se consigue por medio de actividades de atención plena.
¿Para qué me sirve la atención plena? Para estar presentes en nuestra tarea de parir y no en lo que podría salir mal en los próximos minutos u horas. Si los ejercicios de atención plena los combinamos con la respiración, estaremos además ayudándonos a relajarnos y a oxigenarnos. Hagamos un ejercicio de atención plena centrado en la respiración:
Busca un lugar tranquilo en un momento de calma, sin miedo de ser sorprendida por el cartero, por la pareja, por el teléfono. Apaga el móvil (o ponlo en silencio). Ponte cómoda. Suelta tus brazos, suelta tus piernas. Cierra los ojos. Ahora, toma aire lentamente; llena tus pulmones completamente, siente cómo tu barriga se hincha de aire. Aguanta 4 segundos sin soltar el aire. Ahora suelta el aire despacio, despacio, despacio, despacio.
Repite tantas veces como lo necesites y recuerda que, si durante la práctica tu mente divaga, es normal, no te culpes ni juzgues. Solo agradece a tu mente por mantenerte activa y alerta, y regresa tus pensamientos a tu respiración.
Este ejercicio de respiración es bueno además para la fase de la dilatación. Hay otros dos tipos de respiración para la fase de transición (cuando aún queda por dilatar pero la mujer ya tiene ganas de empujar y no debe), y para la fase de los pujos. Esto es a modo de información, no te los voy a explicar aquí porque me salgo del tema.
Los anclajes
Para ayudarnos a relajarnos, aparte del ejercicio de atención plena centrado en la respiración, también podemos crear asociaciones de estímulos con estados de relajación y traerlos el día del parto para facilitar ese proceso de relajación. Te cuento:
Si durante meses antes del parto te has estado relajando usando un olor específico (por ejemplo, lavanda) o una música determinada, cuando estés dando a luz puedes usar ese olor o poner esa música y evocar con ello el estado de relajación que habrá quedado asociado. Esto requiere de trabajo previo para crear esa asociación. No funciona por hacerlo únicamente una vez.
Cuando te quedes embarazada o unos meses antes de dar a luz, como lo prefieras, dedica unos 10 minutos al día para tumbarte y no hacer nada. A la vez, pon la música que deseas o el olor que te guste y disfruta, relaja. Se puede hacer con todos los sentidos. Al cabo de unos meses de hacer eso todos los días, el olor, el sonido o el estímulo utilizado, quedará asociado a tu momento de calma. El día del parto, cuando te expongas al estímulo, evocarás también el estado de relajación que quedó asociado a él.
Consejo 4: mis deseos, tus órdenes
Cuando no nos sentimos capaces de comunicar nuestros deseos y necesidades, nos sentimos inseguros pues no podemos confiar en nosotros y nuestras necesidades dependen de la voluntad del otro.
De ahí la gran importancia de aprender a comunicar nuestras preferencias de parto sin miedo ni culpa, o con miedo y culpa, pero comunicarlas igualmente.
Hay muchos centros médicos y hospitales que tienen un protocolo para partos previamente establecido que no tiene por qué coincidir con tus preferencias. El personal del centro se guiará por dicho protocolo, por ejemplo, si los partos se realizan con la mujer tendida sobre una camilla, así será a no ser que tú pidas dar a luz de rodillas o en la piscina (si tienen una). Es decir, para que el personal sanitario tenga en cuenta tus necesidades, tú tendrás que ser capaz de comunicarlas. No es la primera mujer que siente vergüenza y/o miedo de pedir cómo desea ella que transcurra el parto.
Estás en tu derecho de pedir cómo deseas parir.
¿Sabías que justo antes de Navidad aumentan muy significativamente los partos inducidos? Es importante que te animes a hacer preguntas y exteriorizar tus necesidades. Veamos cómo:
Pregunta por la evidencia científica del procedimiento que quieren aplicar en tu parto. En ocasiones está justificado y hay que adaptarse para no poner en riesgo la salud del bebé ni la tuya propia. Pero, si no hay razón de peso, entonces...
Me pregunto ¿qué necesito?: necesito ponerme de rodillas, necesito meterme en la bañera, necesito un masaje...
Creo un ambiente de apertura mostrando empatía, comprensión y agradecimiento: entiendo que éste es el protocolo del centro..., gracias por toda la ayuda ofrecida hasta ahora pero...
Exteriorizo cómo siento: esta postura me está haciendo daño en un costado...
Pido lo que necesito sin dar vueltas ni demasiadas explicaciones: quisiera ponerme de rodillas sobre la camilla.
Vuelve a agradecer por la comprensión: gracias por tener en cuenta mis necesidades.
Esta fórmula es breve y sencilla, se puede usar tanto para comunicar tus preferencias antes del parto (al visitar el centro para ver disponibilidad, equipamiento y comodidades), como para expresar tus necesidades durante el parto (por ejemplo, si quieres pasar de la camilla a la piscina).
Consejo 5: mi apoyo favorito
Rodéate de gente que te acompañe y apoye. La presencia de una persona de confianza (pareja, doula, profesional de confianza) reduce la ansiedad y por tanto, el dolor.
Lo ideal es que la pareja acuda con la idea de servirte de apoyo, de comunicar en tu lugar si durante el parto no te sientes con ganas de hablar. Para ello, no seas tú la única que se informe sobre este tema, sino también tu pareja. Hazle partícipe en tu plan de parto y comparte con él/ella tus deseos y preferencias para que esté al tanto en caso de tener que alzar la voz por ti.
Para terminar, te voy a dejar un breve cuento para que reflexiones:
El cuento del pájaro que dudaba de sus alas
Había una vez un pájaro joven que vivía en lo alto de un acantilado. Tenía alas fuertes, un cuerpo ligero y el viento a favor. Pero nunca había volado.
--¿Y si me caigo? --se preguntaba cada día--. ¿Y si no soy capaz?
Un día, vio a otros pájaros volar. Algunos lo hacían con torpeza. Otros, con belleza. Pero todos lo intentaban al menos. Entonces, sin pensarlo mucho, se lanzó. No voló perfecto. Pero voló, y mientras volaba descubrió algo que nunca nadie le había dicho antes: cuando se tienen alas, volar no es cuestión de saber, sino de confiar.
Lucía Ortiz, tu psicóloga en Berlín / Brandemburgo y online.