Me siento menos que los demás: el complejo de inferioridad
¿Sientes que eres menos que los demás? El complejo de inferioridad es un sentimiento profundo de insuficiencia que afecta tu autoestima y relaciones. Descubre de dónde viene y cómo trabajarlo para recuperar tu confianza.
"Voy a la reunión y me siento incómoda… Seguro que todos tienen cosas más interesantes que contar que yo. ¿Para qué abrir la boca si lo que diga no será importante? Además, si me equivoco, van a pensar que soy tonta. Mira a Rosa: siempre habla con tanta seguridad… Todos la escuchan… Yo jamás podré ser así. Mejor me quedo callada, al fin y al cabo nadie espera nada de mí. Y si lo esperan, terminaré decepcionándolos, como siempre."
¿Alguna vez has sentido que eres menos que los demás? ¿Que tienes menos cualidades que los otros? Menos inteligencia, menos éxito, menos atractivo, menos dinero, menos amigos… Menos pecho, menos altura o menos gracia… Si te sientes así de forma sistemática, siempre, puede que lo que estés experimentando sea un complejo de inferioridad. ¿Resuena contigo? Entonces vente conmigo que en esta publicación te desmonto el complejo de inferioridad. ¿Vamos allá?
«Lo peor de los complejos de inferioridad es que los tienen las personas equivocadas».
(Alain Delon)
Lo primero que te voy a contar es que somos seres sociales. Esto quiere decir que nos relacionamos con los demás por pura necesidad. Nos necesitamos unos a otros. Nuestros predecesores evolutivos se agrupaban para sobrevivir porque juntos eran más fuertes. Juntos se aseguraban la comida y la protección.
Ser rechazado por la manada suponía tener menos opciones de supervivencia, es decir, una mayor probabilidad de morir. El aislamiento era indeseado y lo sigue siendo. Hoy día, sentirte rechazado asusta. Quieres gustar a los demás para no quedarte fuera del grupo. Es humano.
Conociendo esa creencia innata de base que tenemos, vamos a ponerle algo de raciocinio para desmontar este complejo de inferioridad, esta creencia errónea de ser menos que los demás, ese miedo al rechazo, en definitiva. Pero antes, adentrémonos algo más profundamente en el tema.
¿Qué es el complejo de inferioridad?
El término fue desarrollado por Alfred Adler, médico y psicólogo austríaco, fundador de la psicología individual, una teoría que defiende que cada persona es única como resultado de nuestras interacciones con el medio que nos rodea.
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Según él, el complejo de inferioridad es un sentimiento personal de insuficiencia e inseguridad que resulta de una deficiencia física o psicológica, real o imaginaria. Es decir, la persona tiene la creencia de que es deficiente o de que posee menos valor que los demás. Dicha creencia es inconsciente o parcialmente inconsciente. Entonces:
Es un sentimiento personal de insuficiencia, es decir, que tú te sientes insuficiente. Los demás no piensan como tú necesariamente.
Provoca inseguridad, es decir, te hace dudar de ti y, por tanto, inhibe tu conducta. Hace que no te comportes como tú eres realmente.
Resulta de una deficiencia física o psicológica, real o imaginaria. Esto quiere decir que te sientes inferior porque algo está mal en ti a nivel físico o psicológico. Por ejemplo, tienes la nariz muy grande o te falta inteligencia. Pero ojo, dichas deficiencias podrían ser reales o imaginarias, es decir, en muchas ocasiones nosotros mismos percibimos una característica nuestra como defectuosa aunque no lo sea.
Por último, es inconsciente o parcialmente inconsciente. Esto quiere decir que no te das cuenta de que tienes un complejo de inferioridad; simplemente te sientes mal frente a otros. Quizá te creas tímido, quizá simplemente pienses que eres muy servicial con los demás…
En resumen, tú crees que el otro vale 90 y tú 20.
Adler, el que acuñó el término, pensaba que todos los seres humanos desarrollaban sentimientos de inferioridad en algún momento de su vida, especialmente durante la niñez, esa etapa en la que somos esponjas y absorbemos todo lo que sucede a nuestro alrededor, también lo malo: si se ríen de nosotros, si nos miran mal, etc.
Nuestras diferencias con respecto a los demás, nuestras preferencias y expectativas, nos harán sentir inferiores en ciertos momentos de nuestra vida. Esto es normal y no quiere decir que tengamos un complejo de inferioridad. Se vuelve patológico o se convierte en un complejo cuando estos sentimientos son persistentes, dominan tu pensamiento y controlan tu conducta, dificultando tus relaciones sociales.
¿Qué síntomas aparecen?
Puesto que es inconsciente o parcialmente inconsciente, ¿cómo sé yo si tengo un complejo de inferioridad? Podemos notar este complejo en los siguientes síntomas:
Nos sentimos "mal", ansiosos, cuando estamos con otros. Sufrimos en los encuentros sociales.
Podemos actuar con timidez, con vergüenza para no importunar al otro. Atención: no todos los tímidos tienen complejo de inferioridad.
Tendemos a evitar situaciones sociales debido a ese malestar que nos producen las interacciones. Intentamos no acudir a fiestas, por ejemplo.
A veces, llevamos monólogos preparados, ensayamos posibles conversaciones…
Damos la razón a otros por miedo al conflicto.
Podríamos remarcar nuestros defectos e incluso exponerlos a los demás, a la vez que minimizamos nuestras habilidades.
Evitamos el contacto visual.
Nos comparamos constantemente e incluso podríamos sentir envidia hacia los demás de forma sistemática.
Exageramos los éxitos de los demás.
A veces procrastinamos por miedo al fracaso, no intentamos empezar un proyecto.
Todos los síntomas que acabamos de ver podrían ser el indicador de un complejo de inferioridad. Pero hay unos síntomas curiosos, que a primera vista parecen todo lo contrario, y que también podrían ser una señal de este complejo: me refiero a la hipercompetitividad, la vanagloria, la búsqueda constante de reconocimiento y, en resumen, a la autoconfianza excesiva.
En realidad, estas conductas pueden ser mecanismos de compensación: formas de ocultar o cubrir un sentimiento profundo de inferioridad. La persona actúa con arrogancia o dominada por la necesidad de destacar para convencerse a sí misma (y a los demás) de que "no es inferior", mientras que en su interior sigue sintiéndose vulnerable. Es una fachada. A esto se le conoce como complejo de superioridad y se considera, a menudo, una reacción defensiva frente a sentimientos de inferioridad, es decir, una forma de defenderse del malestar que produce sentirse menos que los demás.
¿Qué causa el sentimiento de inferioridad?
¿Por qué yo me siento inferior y otros no? ¿Qué pasa conmigo? Realmente todos nos hemos sentido inferiores alguna vez sin que eso llegue a afectar a nuestra autoestima. Sin embargo, hay casos en los que este sentimiento está presente de forma sistemática, generalmente siempre. Quizá sea ese tu caso y, probablemente, tenga que ver con tus circunstancias personales: los grupos en los que creciste, las comparaciones a las que estuviste expuesto…, pues la causa principal del complejo de inferioridad es la comparación. Si desde pequeño te compararon con los demás, no es extraño que, ya de adulto, hayas aprendido a compararte tú mismo de manera automática. Te explico:
Ya desde que naces, los médicos te pesan y miden para compararte con la media y determinar si eres más o menos alto que el resto. En el colegio te ponen notas de 0 a 10 y te comparan con tus compañeros para saber si te desarrollas de la manera adecuada o necesitas mejorar. En casa te dicen que te vistes más lentamente que tu hermana, que espabiles. Etc. Es un tema complejo y no estoy en contra de las comparaciones. Ciertamente algunas son necesarias para hacer diagnósticos y demás, pero ahí están igualmente…
Entonces, ¿dónde podemos ver los primeros indicios de lo que potencialmente será una persona con complejo de inferioridad? O, mejor dicho, ¿qué lo causa?:
La forma de crianza
Padres sobreprotectores, que con su conducta dan a entender a sus hijos que ellos no pueden solos; padres superexigentes y/o extremadamente críticos, que hacen creer a sus hijos que no son suficientes; y por último, los padres que hacen comparaciones sistemáticas, ya sea con hermanos, compañeros de cole, etc. Ojo, no solo los padres tienen un papel importante en esto, también los maestros, profesores y demás figuras presentes en la vida del niño.
Entonces, si un profe dice a un papá delante de su hijo: —es que Periquito es el único que saca cincos en matemáticas… —Periquito se guardará ese comentario (y los demás que reciba de otras personas de su entorno), y los irá incorporando en su sistema de creencias como si éstos fueran la definición de su propio ser.
Las experiencias previas
Las experiencias tempranas de fracaso, rechazo, humillación, acoso o maltrato.
Voy a compartir contigo mi historia personal: de pequeña, yo vivía con mis padres en un pueblo de Cádiz. Nos mudamos a la hermosa ciudad de Granada cuando yo tenía 6 o 7 años, la edad para entrar en primero de primaria. En la ciudad se enseñaba a los niños a leer desde preescolar, en el pueblo, no. Así, el primer día de clase, lo primero que hicimos con la maestra fue leer en voz alta un texto. Ella iba nombrando a los niños para que continuaran con la lectura. Aún recuerdo la fuerza con la que latía mi corazón de los nervios y el deseo ardiente de que la maestra olvidara mencionarme. Sin embargo, me tocó a mí y no me quedó otra que decir que no sabía leer. En ese momento, algunos niños comenzaron con risitas, otros incluso se atrevieron a decir en voz alta: —es tonta. Desde entonces, crecí con la profunda y constante sensación de que no era suficiente.
En mi caso, no fueron mis padres, fueron los niños del cole. Me costó mucho trabajo y tiempo entender que, de tonta, no tengo ni un pelo. Pero lo conseguí, y tú también puedes hacerlo si trabajas en ello.
Las limitaciones
Las barreras, reales o imaginarias: defectos físicos, dificultades cognitivas, limitaciones socioeconómicas, etc.
Puede ser que tengas una limitación real, o, como en mi caso, puede que sea imaginaria. De cualquier manera, la percepción de esa diferencia con respecto a los demás, podría hacerte sentir menos valioso.
Los entornos sociales o culturales
Nuestro entorno también influye, puesto que refuerza ciertos estándares acerca de lo que "debería ser" el éxito, la apariencia, etc. La delgadez extrema, el pecho grande, el tipo de pelo, la ropa que ponerse, la forma de ser, de comportarse, etc. La sociedad en general nos dice qué es lo deseable y tú ya te las apañas para encajar en el molde porque, de lo contrario, te sales del juego.
Entonces, a modo de conclusión: el complejo de inferioridad se comienza a construir en la infancia. Los niños pequeños se miran al espejo durante horas y se lo pasan genial porque se ven interesantes. Cuando interpretan como aceptable o no aceptable lo que ven de sí mismos, es decir, cuando añaden la comparación a su lista de tareas diaria, es cuando comienzan a sentirse menos valiosos, y nuestras interacciones sociales tienen un papel protagonista en todo esto.
Cómo se construye el complejo de inferioridad
¿En qué momento de nuestra infancia es más fácil que se comience a gestar este complejo? Para explicártelo de forma sencilla, vamos a echar un vistazo a las etapas del desarrollo de Piaget. Él propone cuatro:
La etapa sensorio-motora (hasta los 2 años): el bebé no conoce nada del entorno y comienza a explorar. No tiene ideas preconcebidas, por lo que no puede hacer comparaciones complejas. Aquí se da el llamado "egocentrismo", es decir, solo es capaz de centrarse en su propio yo, no puede ponerse en el lugar del otro y, por tanto, no puede preguntarse qué pensarán de él. No hay comparación.
La etapa preoperacional (aprox. 2-7 años): durante esta etapa aprende a detectar matices y sutilezas, es decir, es capaz de percibir que el otro tiene más galletas. Al final de esta etapa ya conocen la noción de justicia, pudiendo percibir como injusto el que el otro tenga más galletas, pero no van a cuestionarse por qué esto es así, si acaso el otro tiene más galletas por ser mejor que yo… En esta etapa, el "egocentrismo" sigue vigente.
La etapa de las operaciones concretas (7-12 años): en esta etapa, el niño comienza a elaborar explicaciones más complejas, como por ejemplo: "si le han dado más galletas, será porque le quieren más que a mí", "si corre más rápido, es mejor que yo"… Empieza a descentrarse, el "egocentrismo" se va superando y dando paso a la comparación social sistemática, es decir, el niño se evalúa a sí mismo en relación con los demás. Por tanto, éste es el periodo más sensible.
La etapa de las operaciones formales (desde los 12 años en adelante): es la etapa a partir de la cual aprendemos a usar la lógica para llegar a conclusiones abstractas. Esto quiere decir que a partir de ahora todo será más complicado, pues la persona ya no solo se centra en comparaciones dirigidas a objetos y logros concretos, sino también a conceptos abstractos y globales como el "éxito", el "futuro", etc.
Sabiendo esto podemos ver que, si bien es cierto que cada etapa cuenta, la preoperacional, de los 2 a los 7 años, es clave para ir ayudando al niño a tener un pensamiento más compasivo hacia sí mismo y menos comparativo, menos hiperexigente. Si eres papá o mamá, observa mucho a tu hijo en esta etapa para detectar posibles claves, habla con él/ella para desmontarle pensamientos erróneos sin invalidar sus emociones y dale mucho afecto para que no se sienta solo/sola. Si quieres saber más sobre este apasionante tema, te recomiendo la lectura de la publicación sobre los estilos educativos.
Desmontando el complejo de inferioridad
Si te sientes menos que los demás, te entiendo profundamente. Pero —¿sabes algo? —ese sentimiento es una trampa mental, un error de nuestro pensamiento y no una realidad. Te explico por qué:
La comparación injusta
¿Sabías que la comparación depende del contexto? ¿Es esa comparación que estás haciendo justa y objetiva? Es decir, ¿condenarías a un caballo por no poder volar como un pájaro? Te voy a poner otro ejemplo personal. Para no perder la tradición con el complejo de inferioridad en torno a la lectura, mi hija mayor también tiene su propia historia relacionada con este tema. Ella asiste a una clase flexible aquí en Alemania. Eso significa que los niños de primer curso comparten aula con los de segundo, para que los más pequeños aprendan de los mayores.
La idea es muy buena, pero tiene un efecto curioso: mi hija, que está empezando a leer, se compara con los de segundo. Y claro, al ver que ellos leen fluidamente y ella no, llega a la conclusión de que no es buena lectora. ¿Ves lo que ocurre? Ella no se está midiendo con sus iguales, sino con niños un año mayores, que ya tuvieron más tiempo de aprendizaje. Ese es el punto: la comparación puede ser injusta y engañosa. Ella no es mala lectora; simplemente está comparándose en un terreno que no es equivalente.
Entonces, te pregunto: cuando te comparas, ¿estás asegurándote de mantener idénticas todas las variables que te diferencian de aquel con el que te estás comparando? Esto es, la edad, el peso, la altura, la fecha de nacimiento, los padres, las circunstancias, los genes, el contexto, el nivel socioeconómico… No, ¿verdad? No puedes, es imposible porque somos únicos y cada cual destaca o falla en lo suyo. ¿Qué pesa más, un kilo de paja o un kilo de plomo? Acostúmbrate a compararte contigo mismo: ¿a dónde quieres llegar? ¿Qué tienes para lograrlo? ¿Qué te falta? ¿Qué puedes hacer? Y una vez que te lanzas a la acción: ¿estás un paso más adelante que ayer?
El razonamiento emocional
Puede que pienses: —vale, sí, quizá no esté siendo objetivo al compararme de una u otra forma, pero de igual manera, así es como me siento.
El cerebro piensa igual que el corazón late. Tú no tienes que poner conciencia en tu corazón para que lata: éste late solo. Con la mente sucede lo mismo: los pensamientos aparecen de manera automática.
Solemos decir: —mi corazón late muy deprisa… —Reconocemos que es una función de nuestro cuerpo, no una definición de quiénes somos. Pero nunca decimos: —mi cerebro acaba de pensar que soy ridículo/a. —Es decir, nos identificamos con nuestro pensamiento y afirmamos directamente que somos ridículos. Y, ¿qué sucede cuando piensas? Que sientes. Piensas, luego sientes. El pensamiento te hace sentir una emoción: piensas que has hecho el ridículo y te sientes ridículo; al sentirte así, crees que eres así. Esto se llama razonamiento emocional, y es un error de la mente muy común. Te animo a reflexionar: ¿has preguntado ya a los demás si ellos también piensan de ti que eres inferior? ¿Hay evidencias reales de que los demás te ven inferior? ¿Qué evidencias son? Ojo, tus creencias no son evidencias. ¿Todos piensan así de ti? ¿Absolutamente todos? ¿Podría haber explicaciones distintas a cómo te sientes?
La comparación sesgada
Hay otra trampa mental muy común en quienes sienten inferioridad: la comparación sesgada. Esto es la tendencia a maximizar los logros y habilidades de los demás, mientras que minimizamos los nuestros. De igual manera, maximizamos nuestros defectos y minimizamos los de los demás. Pones tu foco de atención en aquello que te hace sentir menos, pero no estás prestando atención a todo el panorama que te ofrece la otra persona. Este patrón de pensamiento no refleja la realidad.
Te animo a reflexionar: ¿qué cosas se te dan bien? ¿Qué crees que valoran de ti las otras personas?
Parte práctica
Trabajar en este complejo también te ayuda a mejorar tu autoestima.
No existe un paso a paso para dejar de sentirse inferior, pues cada persona es distinta, sus experiencias vividas, sus vínculos sociales, etc. Por lo general, esto es un tema que se aborda normalmente en terapia. Sin embargo, sí que te puedo ofrecer una serie de consejos para que empieces a trabajar por tu cuenta a modo de autoayuda:
Tomar consciencia
Identificar cuándo y cómo aparece la sensación de ser "menos". Para ello, las siguientes preguntas ayudan a reflexionar:
¿En qué situaciones me comparo?
¿Con quién me comparo?
¿Qué es lo que, normalmente, me llama la atención de los demás?
¿Hay algún tema que me obsesione?
¿Qué pensamientos se repiten?
Llevar un registro diario de pensamientos ayuda a visibilizar patrones, que te ayudarán a determinar si sueles sentirte inseguro con tu cuerpo, con el éxito de los demás, en las relaciones de pareja, en el ámbito laboral, etc.
Cuestionar creencias aprendidas
El complejo de inferioridad suele originarse en la infancia, quizá no recuerdes (o quizá sí) aquellas situaciones en las que te sentiste menos que los demás. No es tarea fácil relacionar vivencias desagradables con nuestros complejos del presente porque de niños no solemos cuestionar lo que nos dicen o nos sucede. Aceptamos todo como una verdad y, cuando llegamos a la adultez, muchas veces no entendemos de dónde proviene este complejo.
Ahora bien, en esta ocasión, detectar esas situaciones desagradables de la infancia nos dará información acerca de por qué nos sentimos inferiores, pero no nos servirá para cambiar nada; aquí no importa cómo se formaron tus creencias sino cómo las puedes corregir en el presente. Por eso yo te pido que pongas en duda tus afirmaciones actuales, aquellas que surgen cada vez que te enfrentas con situaciones que te hacen sentir menos que los demás.
Replantéate:
Ese pensamiento de que soy menos valioso que los demás, ¿sigue siendo válido hoy?
¿Hay evidencia real, comprobada, de que valgo menos?
¿Qué significa valer más? ¿Qué significa valer menos?
¿Quién decide el valor de las diferentes habilidades del ser humano?
Repito que este trabajo se hace en terapia cognitiva y en terapia cognitivo-conductual. Si tienes dificultades, te recomiendo asistir a terapia o ponerte en contacto conmigo. Esta publicación no es un sustituto del trabajo que se hace en las sesiones.
Hacer una lista de fortalezas
Haz un inventario de logros, cualidades y habilidades, aunque te parezcan pequeñas. Celebra tus avances y progresos en lugar de enfocarte en tus carencias. Se trata de hacer un cambio en tu atención, de mirarte desde otra perspectiva. Todos hacemos progresos a lo largo de nuestra vida. Mira hacia atrás, ¿qué puedes celebrar hoy teniendo en cuenta el punto desde el que empezaste?
Practicar la autoaceptación
Trabaja la autoaceptación, es decir, aprende a aceptar tu propia historia, tus virtudes y limitaciones. No somos perfectos y no hace falta serlo.
Seguramente seas compasivo con tus amigos. ¿Por qué no serlo contigo también? Para ello, cuida la forma en que te hablas a ti mismo: cuidado con "parezco idiota", "esas estupideces solo las puedo hacer yo", "no merezco…". Las técnicas de mindfulness ayudan a reducir la autocrítica excesiva, pues enseñan a observar los pensamientos sin juzgarlos.
Ponerse metas realistas
Haz una lista de metas alcanzables. Cuidado con proponerse tocar la luna de puntillas: sé realista.
Descompón dichas metas en pequeños pasos y ve avanzando poco a poco. La experiencia de éxito real refuerza la confianza y debilita la sensación de inferioridad.
Cultivar vínculos sanos
Echa un vistazo a tus relaciones sociales. ¿Son tóxicas? ¿Te sientes apoyado/a por tu gente, o más bien todo lo contrario?
Rodearse de personas que reconozcan y valoren lo que eres, es imprescindible. Aléjate de entornos donde te critiquen sin compasión, donde te comparen constantemente o te desvaloricen.
Así mismo, sal a conocer gente, aunque te cueste. Hazlo sintiendo ese malestar. Poco a poco te sentirás mejor, confía en mí.
Aprender a poner límites
En ocasiones hay personas que si nos ven tímidos o inseguros, se sobrepasan con nosotros. Y no es que se sobrepasen, es que les dejamos pasar. Debido a este complejo de inferioridad, puede que cedas demasiado, que aceptes críticas injustas y cargas que no te corresponden por miedo a no ser aceptado. No tienen por qué rechazarte al poner límites o dar un "no". Al contrario, se dan cuenta de que te estás haciendo respetar, de que te estás valorando, y por tanto, ellos también lo harán. El que no lo haga, se marchará. Aprende a tolerar el rechazo. No vamos a gustar a todo el mundo y eso está bien.
Hasta aquí llegó la publicación de hoy. Espero de corazón que te sirva de mucha ayuda. Conéctate conmigo en redes y escríbeme, estoy encantada de escuchar lo que tienes para decirme. Hasta la próxima. Un abrazo fuerte.
Lucía Ortiz, tu psicóloga en Berlín / Brandemburgo y online.